domingo, 4 de agosto de 2024

Las tres mujeres y el vendedor de libros





Anoche, después de empacar los ejemplares de la venta y el trapo rojo sobre el que los pongo, me despedí de quienes me acompañaban en la plaza de la Trinidad con el firme propósito de llegar a San Diego. Cuando ya abandonaba la plaza para internarme en el callejón que da a la calle de la Media Luna fui abordado por tres mujeres cuyo lugar de procedencia no diré para evitar dilemas y suspicacias.

Estas mujeres, muy desenvueltas, me saludaron amablemente y sin mayores rodeos me dijeron que ellas sabían que yo les podía ofrecer lo que estaban buscando. Entre sorprendido y  algo intimidado les pedí que fueran claras porque yo no estaba entendiendo. Una de ellas, la más joven y a la vez más osada, me dijo que yo tenía cara y actitud de vendedor de drogas y me pidió que le mostrara con confianza la mercancía.

Me mantuve tranquilo y sin ofenderme les mostré lo que llevaba. A cada una le entregué un ejemplar de mis libros mientras les decía que yo vendía la mejor droga de todas, comentándoles que tal vez no tenían idea del efecto que en el cerebro se generaba gracias a la literatura. Las mujeres rieron. Mientras, yo les decía un par de cosas más evitando parecer conservador o moralista. Una de ellas ofreció disculpas. Otra, la que no había hablado, me preguntó por el precio. Se los dije y cada una, para mi asombro y beneficio pues no había vendido nada durante mi estadía en la plaza, adquirió un ejemplar.

Después de la compra se quedaron un par de minutos más conmigo. Al tiempo que hojeaban sus ejemplares me preguntaban por esas nimiedades que las personas siempre intentan averiguar cuando se encuentran con alguien que dice ser escritor. Les respondí de manera breve, pero sin dejar de ser amable hasta que me sentí un poco fastidiado a causa del hambre que deseaba saciar con un peto o una carimañola. Me despedí de ellas.  La más joven y habladora me dio un beso en la mejilla mientras me decía, acercando demasiado su rostro al mío, que en cuanto llegara a su hotel comenzaría a leer el libro. No pude evitar sentir su aliento marcado por un leve tufo de cigarrillo.

Las tres mujeres, entre risas y chanzas relacionadas con lo que acababa de suceder, caminaron hacia la plaza para, tal vez, dedicarse a buscar la mercancía por la que inicialmente me preguntaron. Probablemente la encontrarían entre esas calles de Getsemaní que a esa hora estaban atiborradas de turistas y raizales dedicados a la tan compleja, pero también humana, vida nocturna.

Acordándome de la mujer de Lot, ni siquiera volteé para mirarlas. Reacomodé mi bolso, conté nuevamente el dinero, lo guardé en uno de mis bolsillos y seguí mi camino.


                               Jesús David Buelvas Pedroza

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