martes, 24 de agosto de 2021
Reflexión sobre asuntos que a nadie importan
lunes, 5 de julio de 2021
La "india" Catalina ¿una estatua que también debería caer?
Acabo de ver un vídeo en el Canal Cartagena en el cual se
enumeran 15 curiosidades sobre la "india" Catalina. Lo particular es
que en dicho vídeo se sigue promoviendo la imagen de este personaje como algo
positivo; se reitera con esto la idea de que su actuación fue decisiva e
importante para el proceso de conquista que desde el historicismo oficialistas
equiparan a la llegada a estas tierras de la “civilización”. El hecho ya está y
no se puede cambiar. Pero, como siempre lo recalco, es preciso hacer una
lectura diferente del mismo. Solo reinterpretando la historia desde los
diferentes enfoques que deben hacerse para bien de los pueblos que la viven,
podremos tener un mayor nivel de comprensión de los hechos, así como una
lectura más completa y conveniente de los símbolos con que dicha historia se
representan. Creo que en ese vídeo no hubiera estado de más una curiosidad 16
en la que se comentara que Catalina, nuestra "india" puede ser
comparada con La Malinche mexicana, solo por nombrar uno de los tantos personajes
que seguramente sirvieron de traductores a los conquistadores y clérigos que
nos trajeron e impusieron la lengua, sus costumbres y la religión a punta de
espada y cruz. El papel de estos personajes aborígenes, es asimilable al del traidor
que por beneficio propio no solo sacrifica su identidad individual, sino que de
manera servil se instrumentaliza para el sometimiento de su propio pueblo. En
este caso, Catalina, Malinche y todos esos otros personajes que afortunadamente
quedaron enterrados en el anonimato deben ser vistos como los antípodas de Hatuey.
La invitación en relación con la “india” Catalina es clara.
Esa imagen que está en Puerto Duro y que convenientemente se usa como
representación principal de nuestro elitista festival de cine puede ser tan
falsa como la historia que sobre su protagonista nos han hecho aprender. Los
mexicanos ven en Malinche la traición hasta tal punto que la usan como insulto
por medio de una frase que, aunque no soy mexicano, disfruto mucho porque me es
de una bellísima sonoridad. Esa frase es “hijo de la chingada” en la que el
vocablo “chingada” equivaldría a términos como torcida, traidora o puta en nuestro
bello empleo caribeño del castellano o como algunos todavía le dicen “idioma
español”. Para nada estoy invitando a que esta estatua entre en la lista de las
que en Cartagena deben caer junto con la de Pedro de Heredia, pero si la
quitaran o al menos aclararan la historia del personaje, nos harían un gran
favor.
La imagen de Catalina, la aborigen, no la “india”, debe ser redefinida
para el pueblo raizal cartagenero por medio de una cátedra histórica de lo
propio; cátedra que tanta falta hace en los colegios de esta ciudad. En esa cátedra
debería documentarse a los estudiantes sobre lo que fue este personaje e
invitarlos a que ellos mismos lleguen a su conclusión. Estoy más que seguro que
en ese acto de pensamiento bien direccionado desde la libertad para la crítica
que debería existir en nuestra academia, muchos de nuestros ciudadanos se
percatarían de que la Catalina que muchos idolatran no pasa de ser una personificación
más de la traición, del servilismo al que se sometieron muchos aborígenes por
ver o haber sido convencidos de que los españoles pertenecían a una raza superior.
Dicho servilismo es una tara arraigada en nuestra memoria colectiva que
claramente beneficia el pensamiento colonialista con el cual seguimos eligiendo
hoy día a nuestros representantes en el gobierno y con el cual justificamos en
gran parte la inequidad social rampante en los sectores excluidos de esta
ciudad. Es ese servilismo traidor de la aborigen Catalina el que percibimos aun
hoy día en muchos de nuestros raizales tanto mestizos como negros como aborígenes
que, desde algunos puestos públicos, que desde las juntas de acción comunal o
desde los liderazgos y asociaciones barriales se comportan como bravucones blanqueados
con los suyos, con los del barrio, pero agachan la cabeza de manera lambona y
humillante cada vez que aparece el doctor.
Jesús David Buelvas Pedroza
domingo, 13 de junio de 2021
Los poetas muertos en la sociedad de la farándula
José Emilio Pacheco, en una entrevista, afirma que vivimos en
un mundo raro en el que importan más los poetas que la poesía. Lo que ocurre en
estos días con los escritores que han muerto por diferentes razones, entre
ellas el coronavirus, me ha hecho pensar en esa expresión del poeta mexicano.
Estos sucesos me han recordado también unos versos de otro gran poeta; el
venezolano Juan Calzadilla. Este, en uno de sus poemas del libro Aforemas,
alude al hecho de que todos los poetas, la academia y no recuerdo cuántos más,
desean profundamente la muerte del poeta para poder hablar de él como no lo
hacen por envidia mientras el poeta permanece vivo.
Lo enfermizo y lo monstruoso tienen su residencia principal en el corazón humano. Y yo creo que de lo que hablo es una actitud enfermiza que con las redes sociales se ha agravado. Siento que nuestro narcisismo ha llegado a tal punto que la gente desea que todos los días muera un escritor para publicar la foto que en algún recoveco de la galería del celular se tiene posando al lado de ese personaje. Queda en evidencia con esto que en realidad, más importante que dar muestras de pesar ante la muerte de un ser humano, resulta toda la cantidad de reacciones que esta publicación pueda generar. Me llego a imaginar a personas revisando cuantos me gusta recibió su foto de pésame por la muerte del escritor x o y.
La muerte y todo lo referido a ella, pienso, deberían seguir siendo parte del plano íntimo humano. Ni la muerte de un escritor ni la de nadie deberían ser actos de exhibición en las redes sociales. Eso está en la misma línea de los chismes de la farándula. Es por ello que me afirmo en la idea de que ni el recuerdo de la persona aludida ni las condolencias por su muerte serían lo importante para quienes la exhiben en una publicación de Facebook. Lo que importa en realidad es que la publicación sea vista por mucha gente para complacencia del yo sobre expuesto de quien la realiza y que muy seguramente nunca habrá leído un libro del occiso.
Tal vez exagero. Los domingos a mi imaginación se le da por ello y suele jugarme malas pasadas. Le gusta llevarme muy por fuera de lo que la supuesta moral de turno de la gente defiende. Sin embargo, no me es posible dejar de pensar en todo esto que he comentado y que me viene dando vueltas en la cabeza gracias a la cantidad de publicaciones que he visto, reforzado a la vez por los escritores que he mencionado al inicio y por la clarividencia de sus palabras.
Solo tengo un calificativo para lo que he descrito; es una actitud carroñera o al menos así lo percibo. Una actitud de hiena o golero que se ha afianzado en la farándula literaria de estos tiempos. Farándula literaria supremamente mansa, nada lectora de las obras de los escritores sobre cuya muerte supuestamente se duele, farándula literaria amante de los homenajes póstumos cuando de aprovecharse del escritor desaparecido se trata. Farándula literaria que se complace en dejar morir a esos escritores en la inopia, en el olvido sin comprarles un libro, sin leer sus libros, sin escribir una reseña sobre ellos, en ocasiones hablando pestes de dicho escritor mientras está vivo y convirtiéndolo en estrella para usufructuar su imagen después de su muerte si esta lo permite. Farándula literaria peligrosa cuya actitud enfermiza se ha afianzado gracias a su relación estrecha y acrítica con las manías del consumo y las redes sociales.
Jesús David Buelvas Pedroza
viernes, 11 de junio de 2021
Asunto de vándalos
El uso reiterativo de algunos vocablos en las coyunturas
sociales y políticas del mundo neoliberal despierta el interés por saber qué hay
no solo en el contenido semántico, sino también en el recorrido histórico de
dichas palabras. Tal vez eso esté ocurriendo con la palabra “vándalo” actualmente
en Colombia. Esta es una palabra supremamente manoseada por los medios de
comunicación privados, pero de corte oficialista que sin disimulo apoyan el régimen
que Duque quiere implantar en favor del innombrable y sus aliados, entre los
que se cuentan los dueños de los emporios económicos que han hecho de la política
en Colombia un negocio más lucrativo que el narcotráfico. También es una
palabra de la que abusan sin discriminación alguna los seguidores dogmatizados
de la doctrina uribista que agobia esta ya dolida patria con todas las
irregularidades que sus ansias de poder dictatorial han generado. Los senadores
de los escuálidos partidos de gobierno y el mismo presidente de la república también
la han convertido en parte esencial y reiterativa de sus discursos en esa
evidente estrategia de criminalización del estallido social que se ha dado en
un país que manifiesta no aguantar más el abuso de este gobierno y de los que le
han antecedido durante más de doscientos años.
La palabra en cuestión es un germanismo derivado del vocablo wandjaz usado para denominar a los individuos pertenecientes a una tribu que saqueó Roma en el año 455 de nuestra era. Si se consulta en internet, se pueden encontrar reseñas muy bien documentadas y basadas en registros confiables del recorrido histórico de una tribu que en interacción a veces pacífica, otras veces bélica, con otras del mismo talante configuraron un proceso de formación que culminó con el empoderamiento de la palabra “vándalo” como nombre genérico de ese conjunto de pueblos que se fusionaron para recorrer gran parte de Europa y con ello contribuir a la formación cultural, política y social de lo que hoy se conoce como cultura occidental. Tal ha sido la marca de estos pueblos en dicha cultura que el término “vandalismo”, derivado del nombre original de dicho pueblo, fue usado en 1793 por el obispo de Blois, Henri Gregonde Tours en un discurso en el que denominaba con dicha palabra los saqueos de que fueron objeto las iglesias católicas durante la revolución francesa.
Queda claro
entonces que la palabra vándalo desde sus inicios y a lo largo del tiempo ha
estado relacionada con la designación de grupos o personas que políticamente se
oponen a alguna forma de dominio tiránico o imperialista. Bello e ideal origen
para el de un vocablo tan popular en Colombia por estos días. En un principio, la
palabra “vándalo” denominaba uno de los pueblos que contribuyeron para que desapareciera
el imperio romano, imperio cuya historia, al igual que la del Estado colombiano,
está relacionada con las traiciones, con la corrupción, con la persecución sangrienta.
Además, para ejercer su poder con mayor efectividad, este imperio acogió como
religión el cristianismo, culto del cual derivó el catolicismo, quizá la iglesia
más corrupta de todos los tiempos. Siglos después, en boca de un obispo de esa misma
iglesia, la palabra “vándalo” pasa a denominar a los grupos de manifestantes
que se opondrían a la monarquía que los oprimía derrochando el erario en lujos
y excentricidades mientras la población hambrienta era ahogada por los
excesivos impuestos. Si nos atenemos a esto, parece que los grupos denominados
vándalos aparecen en la historia para romper ciclos de autoritarismo y corrupción
en contra de los pueblos que representan. Desde esta perspectiva, los opositores
del paro deberían cuidarse de seguir usando esa palabra pues, por una especie
de misticismo taumatúrgico, podrían estar convocando la llegada de quienes,
desde la lucha social, escriban el fin de su dominación en este tiempo.
Son varios
los significados que se pueden encontrar de la palabra “vándalo” en una revisión
etimológica e histórica exhaustiva. Pero entre todos esos sentidos existe uno
que de manera particular llama la atención. La palabra vándalo en sus orígenes
significaba “los que cambian”, “los hábiles”. Este significado original dado al
pueblo que llevaba dicha palabra como nombre por sus capacidades para desplazarse
y para la lucha, sin romantizar el asunto, estaría muy acorde con las características
de los grupos de jóvenes que hoy día en Colombia pretenden generar un cambio social
y político por medio de la manera hábil y valiente en que se han opuesto al gobierno
Duque, a su menosprecio por las masas populares, a su negación para el diálogo sincero
y humilde con los verdaderos protagonistas de la protesta, pero sobre todo con
sus gestos de apoyo a los excesos de la policía sumado al guiño que gustoso le
hace a la llamada “gente de bien” que con sus camisetas blancas y su actitud paracoide
recuerda al ku klux klan de otro tiempos.
La palabra
vándalo y su derivado vandalismo han sido empleadas en los medios y en las redes
de manera irresponsable pues cada vez que los amigos del poder uribista en
cabeza del presidente títere la pronuncian o escriben lo hacen con una intención
estigmatizante sumada a un claro matiz de generalización. La ceguera de algunas
posturas, en ocasiones, impide ver a sus seguidores que pueden estar cavando la
fosa ideal para su entierro. El uribismo, en su afán de mantener el poder a
como dé lugar, parece no percatarse de que va en ese camino. Desde el presidente,
pasando por periodistas, congresistas, influenciadores adscritos a dicho
partido, hasta sus seguidores usuarios de las redes sociales, han usado la palabra
vándalo de una manera tan recalcitrante que la han vaciado de su sentido de
estigmatización a tal punto que a los cibernautas y a las personas que en las
calles apoyan el paro no les importa ya en lo más mínimo autorreconocerse como tal.
Este fenómeno
entraña un serio peligro para los que desde el poder intentan sofocar el
estallido social usando artimañas lingüísticas como la estigmatización y los
eufemismos pues parece que con la palabra vándalo están causando un efecto
contrario al que pretendían lograr. Tal vocablo ha sido redimensionado en su
sentido e importancia hasta el punto de convertirlo en uno más de los tantos símbolos
que fortalecen los ánimos y la voluntad de lucha de quienes están a favor de esta
protesta. En ese sentido hay que recordar el poder de convocatoria que tienen
los símbolos en las luchas por la liberación de los pueblos.
Uno de los
aspectos que ha distinguido al paro actual es precisamente la proliferación de símbolos
que los mismos aliados del gobierno han ayudado a configurar con sus acciones
represivas en contra de los manifestantes, además de la participación activa de
artistas, líderes sociales, profesores y estudiantes que parecen haberse percatado
de que la movilización se dinamiza si se le suma el atractivo de lo simbólico renovado
por medio de la creatividad y de un uso inteligente del lenguaje. En medio de
este panorama de fortalecimiento y renovación continua de la lucha de un amplio
sector del pueblo colombiano por una sociedad más equitativa aparece la palabra
“vándalo” con toda su historia, con toda su carga semántica y con la
resignificación necesaria para convertirse en un símbolo poderoso en nombre del
cual los vándalos marchantes de 2021 tal vez alcancen los cambios que en las
protestas y paros de años anteriores no se han podido lograr.
Jesús David Buelvas Pedroza
Escritor, profesor licenciado en español y literatura.
jueves, 20 de mayo de 2021
El paro de 2021 en Colombia, un paro muy particular
Foto tomada de Facebook
El gobierno duque y el uribismo
realmente tienen que preocuparse ante las singularidades que se están presentando
en el paro actual. Este paro de 2021, a diferencia de paros pasados ha tenido una
serie de características que lo diferencian de los anteriores y que lo
convierten en lo que podríamos empezar a llamar un verdadero estallido social el
cual no se conformará ni se aplacará con los acuerdos falaces e incumplidos de
las veces anteriores. Este paro es en verdad una demostración de fuerza y de
ganas de cambio por parte de la población colombiana consciente de que los
gobiernos que hasta el momento se han tenido no gobiernan en favor del pueblo
sino de una élite que cada vez refina más sus mecanismos para seguir contando
de manera mezquina con sus privilegios mientras el pueblo raso se hunde en el
dolor, en la necesidad y la miseria.
Los medios de comunicación más
vistos en el país siguen en su postura de manipuladores de la información en
favor de los intereses de las élites y el gobierno. Sin embargo, en esta ocasión,
esta tarea les ha quedado tan difícil que ya no les es posible negar la
legitimidad de los reclamos hechos por el pueblo que protesta, ni mucho menos
ocultar los abusos cometidos por las fuerzas policiales que pretenden controlar
e incluso infiltrar y vandalizar las marchas. Tal ha sido la dificultad que se
les ha presentado a los noticieros de televisión y a la prensa que se han visto
obligados por la presión tanto internacional como nacional a desmontar su
estrategia acostumbrada de deslegitimación de las protestas usando el lenguaje criminalizador,
cargado de expresiones de censura en contra de los marchantes y de eufemismos
en favor de la policía que con excesos pretende sofocar a como dé lugar la
expresión de libertad del pueblo que protesta; lenguaje que seguro es
direccionado por los esbirros que para ello, de manera especial, entrenan y mantienen
nuestros nada ingenuos gobiernos de ultraderecha.
A la poca efectividad de esa sucia
estrategia mediática se le suma esta vez el despliegue que las redes sociales
les han permitido a quienes se han tomado el trabajo de convertirse en
periodistas ad honorem cubriendo los hechos desde los intestinos de las
marchas. Tal ha sido la posibilidad informativa que las redes sociales han
permitido a los marchantes que el gobierno y sus aliados han buscado la manera
de censurar y bloquear su uso como mecanismo de información sobre las manifestaciones
pues gracias a ellas, esa parte del pueblo que está ciega de tanto ver
noticieros privados, ha podido enterarse de que existe otra cara de la moneda.
También gracias a las redes, las noticias de cómo avanza el paro y la represión
en Colombia se ha convertido en noticia internacional lo que ha permitido que
sobre el accionar del gobierno duque haya una mirada distinta a la que antes transmitían
los medios oficialistas.
Gracias al hábil uso de las redes
por parte de los periodistas del paro y de los ciudadanos que cada vez confraternizan
más con el pueblo que reclama no solo se ha dificultado el trabajo antiético de
la prensa arribista y vendida de nuestro país, sino que las ganas de marchar al
parecer se han contagiado más que la misma pandemia del coronavirus que también
nos afecta. Gracias a las redes y por medio de ellas, las ganas de marchar y de
levantar su voz de reclamo ha llegado a poblaciones que anteriormente no eran
noticia y se mantenían al margen de cualquier lucha social que en el centro del
país y que en algunas de las grandes ciudades de Colombia se realizaban. Hoy
día, gracias a las redes sociales nos enteramos de que a la protesta se han
sumado los habitantes de poblados que ante cualquier forma de reclamo social
anterior permanecían en la indiferencia. Estos habitantes, cansados y sumidos
en la pobreza generada por el abandono estatal, han comenzado a movilizarse y están
bloqueando caminos y carreteras. A este nuevo aspecto de la movilización de 2021
habría que sumarle otros dos fenómenos igual de novedosos. Por un lado, la
protesta social se ha descentralizado. Así como han salido a protestar poblaciones
que antes no lo hacían, también en las ciudades se ha dejado de protestar solo
en las grades avenidas y en las plazas centrales. A estas movilizaciones que siempre
han sido significativas se les suman ahora los puntos de resistencia que se
están tomando los barrios y los puntos neurálgicos de todas estas ciudades.
Esta nueva forma sectorial de manifestarse, además de dificultar el control policial,
está contagiando las ganas de reclamar, la voluntad de lucha a los habitantes
de cada barrio que ahora sacan sus ollas, sus sartenes y sus banderas para
animar desde las terrazas y las ventanas a los marchantes mientras estos pasan enarbolando
sus pancartas y gritando sus arengas por el frente de sus residencias. El otro
aspecto de cuidado para el gobierno tiene que ver con la solidaridad que se
despierta en un pueblo cuando ve que las autoridades que deberían protegerlos se
dedican a maltratar, a asesinar o a desaparecer a los suyos, a los que están en
la calle reclamando por sus derechos. Ya son innumerables los videos en los que
los habitantes de los barrios, además de grabar y difundir el abuso y la persecución
policial, abren sus puertas para refugiar a manifestantes perseguidos o salen y
se enfrentan a las patrullas para evitar que los capturen frustrando así la
sevicia con que la policía intenta ejecutar sus procedimientos.
Esta mutación de la protesta en
Colombia debería convertirse en un serio indicador para el gobierno duque, para
el uribismo y para cualquier otra forma de corrupción electorera y
gubernamental de este país. Un indicador que demuestra que la mentalidad política
del colombiano está cambiando en una dirección que a ellos se les está saliendo
de las manos pues se nota que quieren contener las acciones que esta nueva
manera de pensar genera con las viejas estrategias del engaño mediático y el
uso y abuso de la fuerza. Parece ser que la astucia se les está acabando; que
el lenguaje lleno de eufemismos y falacias o que el grito del autoritarismo ya
no tienen efecto en una población que cada vez se acerca más a la certeza de
que en las calles se pueden generar los cambios
que han sido frustrados en las urnas con la complicidad existente entre la registraduría
y los entes de control que se hacen los de la vista gorda ante la compra y
venta de votos y los fraudes que en elecciones se hacen para mantener en el
poder una oligarquía podrida que se ha quedado sin discurso y que de tanto
corromper y corromperse ya no se puede mostrar como una solución fiable para quienes
desean un país de futuro y posibilidades de vida generadas a partir de todas
sus riquezas.
Esta mutación de la protesta en Colombia
debería ser un indicador para tener en cuenta tanto en el presente como a futuro
por todo aquel que desee participar y hacerse elegir como parte de los
gobiernos venideros. Si no hacen ese análisis y desechan esta manera de salir a
la calle de los colombianos, puedo asegurar que las futuras generaciones de políticos
se verán destinadas al fracaso, tratando de gobernar una ciudadanía que cada
vez cree menos en el Estado y que está dispuesta a todo para que no se le siga
humillando y para que al momento de tomar decisiones, sus gobernantes siempre la
tengan en cuenta.
lunes, 15 de febrero de 2021
domingo, 14 de febrero de 2021
Esperanza Gómez, sexo y pensamiento
En una entrevista de la, con justa razón venida a menos, Revista Semana, la exitosa actriz porno Esperanza Gómez demuestra tener gran claridad de pensamiento sobre la circunstancia política de nuestro país. En dicha entrevista, sus declaraciones resultan mucho más lúcidas y atractivas que las posturas obtusas y sesgadas que en ocasiones he leído o escuchado de muchos estudiantes universitarios y profesores. Escuchar la manera en que la actriz de cine para adultos analiza, compara y emite conclusiones sobre nuestros asuntos políticos a escala nacional permite concluir, entre otros aspectos, que ella ha desarrollado más capacidad crítica y propositiva que muchos de esos profesionales cansones que nos fastidian de tanto lucir en las redes sociales cuanto diploma obtienen en sus maestrías y doctorados y con los que creen convertirse en intelectuales.
Esta demostración de claridad de pensamiento de Esperanza Gómez me afirma en lo que durante un gran trayecto de mi vida he pensado. Los diplomas en Colombia se obtienen si tienes dinero o la habilidad para conseguir préstamos o buenos padrinos políticos que te permitan acceder a la educación superior y a su sobre oferta de postgrados, pero lo que no se puede obtener por más semestres que se pase en los recintos académicos, sobre todo si no se estudia como se debe, es capacidad de pensamiento. No quiero parecer sensacionalista, pero en cuanto vi toda la entrevista, no pude sino preguntarme por la relación directa que podría existir entre vida sexual activa e inteligencia. Desde esa pregunta me remití de inmediato a algunos ejemplos de escritores y filósofos de los cuales se habla no solo desde sus grandes obras sino también desde la manera en que llevaron su muy activa vida sexual; algo que en esta sociedad ultraconservadora se suele nombrar con la peyorativa expresión "costumbres licenciosas".
Por otro lado, no pude dejar de sentir lástima por esos profesores,
estudiantes y profesionales con sus aspiraciones de obtener maestrías y
doctorados para en algún momento disfrutar de su máxima aspiración de reconocimiento
publicando la foto del diploma en Instagram o Facebook. No puedo dejar de
imaginármelos en oposición a nuestra estrella porno quien nos da Esperanzas con
sus análisis y declaraciones. En mi mente, esos eternos aspirantes del reconocimiento
académico se prefiguraron célibes, constreñidos, practicantes de la abstinencia
e incluso, en casos extremos, odiadores del sexo. No tengo pruebas científicas sobre
lo que estoy diciendo y tampoco puedo esbozarlo como una regla general; además,
reconozco que me faltan muchas lecturas sobre el tema. Sin embargo, a veces,
sin ser un Nacho Vidal ni un Mandigo ni un Niño Polla uno puede darse el lujo de
aspirar a sacar buenas conclusiones.
Posdata: Después de este análisis, creo que en cuanto terminen las restricciones por la pandemia, dejaré de molestar con la intención de vender mis libros a profesores, estudiantes y demás personas del medio académico. Creo firmemente que, si busco en las zonas de tolerancia, en los bares y prostíbulos de Colombia podré encontrar para lo que escribo más y mejores lectores.
Jesús David Buelvas Pedroza




