jueves, 9 de diciembre de 2021

Réplica


 RÉPLICA

Esta telaraña simula la idea de un pequeño universo.
Su urdimbre parece desafiar y contener a la vez
las leyes de la materia y la antimateria.
Ubicada de manera estratégica
en cualquier esquina del vacío
esta réplica atrapa porciones de luz
y polvo cósmico precisas
para que su arácnido habitante haga las veces de dios.

Jesús David Buelvas Pedroza 
Poema del libro "Parábola del vacío". 
fotografía tomada por Jesús David Buelvas Pedroza (diciembre 9 de 2021)

sábado, 16 de octubre de 2021

La mujer del teléfono

 

 

El teléfono suena. Una mujer pregunta por un nombre que no es el mío. Le digo que se equivoca, que no soy por quien está preguntando. Ella insiste en que este es el número al que tenía que llamar; en que yo soy la persona que busca. Aburrido, le digo que sí; que en esta noche de fastidio y soledad, puedo ser yo o cualquier otra persona que ella desee. La mujer afirma que por fin descansará. Dice que me ha encontrado para que todo termine como ella lo había pensado. Su voz desaparece. Al otro lado del teléfono suena un disparo.

                                                                               

                                                   Jesús David Buelvas Pedroza

martes, 24 de agosto de 2021

Reflexión sobre asuntos que a nadie importan

 

Cuan compleja se me muestra la condición humana cada vez que trato de comprender las razones detrás de los actos que la mayoría de las personas realizan tanto en la realidad fáctica como en la virtualidad virulenta que hoy día nos enferma. Hay un punto que, en particular, me llama mucho la atención; nuestra capacidad para convertirnos en jueces cuando el semejante (no hablo de políticos ni de personas públicas que ese es caso aparte), ese que ha compartido contigo, ese que ha caminado las mismas calles que tú, ese que saludaste alguna vez en alguna esquina, comete una falta ya sea por equivocación o de manera voluntaria. No deja de conmoverme el que mientras esta persona ha tratado en ocasiones de mostrar aspectos positivos, surgidos de esa creatividad para algo que en menor o mayor grado todos tenemos, nos mostramos indiferentes, haciéndonos los de la vista gorda para no expresar el más mínimo acto de apoyo en relación con eso que tal vez lo puede llevar a distinguirse entre los otros. Mas, no deja de asombrarme que en cuanto la condición ética de este ser humano resbala o cae nos mostramos prestos para señalarlo y lincharlo socialmente a través de cualquier medio que tengamos a mano como hoy ocurre con las muy mal manejadas redes sociales.
Al caído caerle dice un adagio de esos con los que hemos construido nuestro acervo intelectual de provincia. Pero hasta donde sé no existe uno que diga "al que quiera subir, impulsarlo". Mezquina forma de pensar y actuar. En ella tal vez están las raíces de este individualismo enfermizo que en contra de nosotros ha sabido aprovechar la sociedad del capital. Individualismo que eleva al máximo nuestra condición de seres envidiosos, ocultamente dañinos, en busca constante de la víctima con quien desquitarnos esa frustración que tal vez nos genera lo que por nuestra incapacidad, sumada a las mezquindades del medio, no hemos podido lograr. Cuando esa víctima aparece todo el que la tiene a merced parece disfrutar darle hasta con el balde. Entonces hacemos con esa persona lo que no habíamos hecho antes en relación con sus acciones creativas; hasta ponemos su foto en nuestro perfil, escribimos una semblanza de cómo lo conocimos, somos tan bondadosos que hasta llegamos a decir que le tuvimos fe. Pero todo con la intención de culminar señalando lo errático que es y afirmando que merece el castigo que se le está dando; pero sobre todo que YO no me puedo negar a participar de dicha censura moral.
Jodido ver cómo entre nosotros mismos nos enterramos para beneplácito del sistema. Y esta actitud de la que hablo es una de las que más pesa. Yo me solazo señalando y jodiendo las que considero fallas de las personas públicas que se roban el erario, que manipulan la voluntad de grandes grupos para su beneficio propio, a quienes han llegado a puntos representativos sin mayor talento poniendo al servicio del sistema su imagen. En relación con esas el asunto es diferente pues obedece a una razón social y política orientada al cuidado de los intereses de la comunidad. Pero cuando se trata de mi vecino o de mi contacto de Facebook, asumo otra postura pues este al igual que yo está en la misma condición de vulnerabilidad, tanto que no sé cuanto ha colaborado mi indiferencia para con lo suyo para que esa persona llegara al extremo de fallar si fue que lo hizo. De esa manera evito actuar de la forma peligrosa en que el sistema quiere que lo haga tanto en las redes como en lo que yo suelo llamar la realidad.
Antes de ponerme a juzgar a un contacto o a inventar chismes sobre los vecinos prefiero las páginas de un libro para leer o para escribirlo cuando tengo la posibilidad. Esto no me hace mejor ser humano que los otros, pero al menos me aleja de esa viciosa conducta de joder al otro (a mi semejante ese de mi misma condición, ese al que no le he colaborado para bien pero al que le puedo hincar los dientes en el cuello cuando falla porque es igual o más débil que yo) cuando ya está jodido y tiene encima la peligrosa y lesiva mirada de los demás.

Jesús David Buelvas Pedroza

lunes, 5 de julio de 2021

La "india" Catalina ¿una estatua que también debería caer?

 


Acabo de ver un vídeo en el Canal Cartagena en el cual se enumeran 15 curiosidades sobre la "india" Catalina. Lo particular es que en dicho vídeo se sigue promoviendo la imagen de este personaje como algo positivo; se reitera con esto la idea de que su actuación fue decisiva e importante para el proceso de conquista que desde el historicismo oficialistas equiparan a la llegada a estas tierras de la “civilización”. El hecho ya está y no se puede cambiar. Pero, como siempre lo recalco, es preciso hacer una lectura diferente del mismo. Solo reinterpretando la historia desde los diferentes enfoques que deben hacerse para bien de los pueblos que la viven, podremos tener un mayor nivel de comprensión de los hechos, así como una lectura más completa y conveniente de los símbolos con que dicha historia se representan. Creo que en ese vídeo no hubiera estado de más una curiosidad 16 en la que se comentara que Catalina, nuestra "india" puede ser comparada con La Malinche mexicana, solo por nombrar uno de los tantos personajes que seguramente sirvieron de traductores a los conquistadores y clérigos que nos trajeron e impusieron la lengua, sus costumbres y la religión a punta de espada y cruz. El papel de estos personajes aborígenes, es asimilable al del traidor que por beneficio propio no solo sacrifica su identidad individual, sino que de manera servil se instrumentaliza para el sometimiento de su propio pueblo. En este caso, Catalina, Malinche y todos esos otros personajes que afortunadamente quedaron enterrados en el anonimato deben ser vistos como los antípodas de Hatuey.

La invitación en relación con la “india” Catalina es clara. Esa imagen que está en Puerto Duro y que convenientemente se usa como representación principal de nuestro elitista festival de cine puede ser tan falsa como la historia que sobre su protagonista nos han hecho aprender. Los mexicanos ven en Malinche la traición hasta tal punto que la usan como insulto por medio de una frase que, aunque no soy mexicano, disfruto mucho porque me es de una bellísima sonoridad. Esa frase es “hijo de la chingada” en la que el vocablo “chingada” equivaldría a términos como torcida, traidora o puta en nuestro bello empleo caribeño del castellano o como algunos todavía le dicen “idioma español”. Para nada estoy invitando a que esta estatua entre en la lista de las que en Cartagena deben caer junto con la de Pedro de Heredia, pero si la quitaran o al menos aclararan la historia del personaje, nos harían un gran favor.

La imagen de Catalina, la aborigen, no la “india”, debe ser redefinida para el pueblo raizal cartagenero por medio de una cátedra histórica de lo propio; cátedra que tanta falta hace en los colegios de esta ciudad. En esa cátedra debería documentarse a los estudiantes sobre lo que fue este personaje e invitarlos a que ellos mismos lleguen a su conclusión. Estoy más que seguro que en ese acto de pensamiento bien direccionado desde la libertad para la crítica que debería existir en nuestra academia, muchos de nuestros ciudadanos se percatarían de que la Catalina que muchos idolatran no pasa de ser una personificación más de la traición, del servilismo al que se sometieron muchos aborígenes por ver o haber sido convencidos de que los españoles pertenecían a una raza superior. Dicho servilismo es una tara arraigada en nuestra memoria colectiva que claramente beneficia el pensamiento colonialista con el cual seguimos eligiendo hoy día a nuestros representantes en el gobierno y con el cual justificamos en gran parte la inequidad social rampante en los sectores excluidos de esta ciudad. Es ese servilismo traidor de la aborigen Catalina el que percibimos aun hoy día en muchos de nuestros raizales tanto mestizos como negros como aborígenes que, desde algunos puestos públicos, que desde las juntas de acción comunal o desde los liderazgos y asociaciones barriales se comportan como bravucones blanqueados con los suyos, con los del barrio, pero agachan la cabeza de manera lambona y humillante cada vez que aparece el doctor.

Jesús David Buelvas Pedroza 


domingo, 13 de junio de 2021

Los poetas muertos en la sociedad de la farándula

José Emilio Pacheco, en una entrevista, afirma que vivimos en un mundo raro en el que importan más los poetas que la poesía. Lo que ocurre en estos días con los escritores que han muerto por diferentes razones, entre ellas el coronavirus, me ha hecho pensar en esa expresión del poeta mexicano. Estos sucesos me han recordado también unos versos de otro gran poeta; el venezolano Juan Calzadilla. Este, en uno de sus poemas del libro Aforemas, alude al hecho de que todos los poetas, la academia y no recuerdo cuántos más, desean profundamente la muerte del poeta para poder hablar de él como no lo hacen por envidia mientras el poeta permanece vivo. 

Lo enfermizo y lo monstruoso tienen su residencia principal en el corazón humano. Y yo creo que de lo que hablo es una actitud enfermiza que con las redes sociales se ha agravado. Siento que nuestro narcisismo ha llegado a tal punto que la gente desea que todos los días muera un escritor para publicar la foto que en algún recoveco de la galería del celular se tiene posando al lado de ese personaje. Queda en evidencia con esto que en realidad, más importante que dar muestras de pesar ante la muerte de un ser humano, resulta toda la cantidad de reacciones que esta publicación pueda generar. Me llego a imaginar a personas revisando cuantos me gusta recibió su foto de pésame por la muerte del escritor x o y.

La muerte y todo lo referido a ella, pienso, deberían seguir siendo parte del plano íntimo humano. Ni la muerte de un escritor ni la de nadie deberían ser actos de exhibición en las redes sociales. Eso está en la misma línea de los chismes de la farándula. Es por ello que me afirmo en la idea de que ni el recuerdo de la persona aludida ni las condolencias por su muerte serían lo importante para quienes la exhiben en una publicación de Facebook. Lo que importa en realidad es que la publicación sea vista por mucha gente para complacencia del yo sobre expuesto de quien la realiza y que muy seguramente nunca habrá leído un libro del occiso.

Tal vez exagero. Los domingos a mi imaginación se le da por ello y suele jugarme malas pasadas. Le gusta llevarme muy por fuera de lo que la supuesta moral de turno de la gente defiende.  Sin embargo, no me es posible dejar de pensar en todo esto que he comentado y que me viene dando vueltas en la cabeza gracias a la cantidad de publicaciones que he visto, reforzado a la vez por los escritores que he mencionado al inicio y por la clarividencia de sus palabras. 

Solo tengo un calificativo para lo que he descrito; es una actitud carroñera o al menos así lo percibo. Una actitud de hiena o golero que se ha afianzado en la farándula literaria de estos tiempos. Farándula literaria supremamente mansa, nada lectora de las obras de los escritores sobre cuya muerte supuestamente se duele, farándula literaria amante de los homenajes póstumos cuando de aprovecharse del escritor desaparecido se trata. Farándula literaria que se complace en dejar morir a esos escritores en la inopia, en el olvido sin comprarles un libro, sin leer sus libros, sin escribir una reseña sobre ellos, en ocasiones hablando pestes de dicho escritor mientras está vivo y convirtiéndolo en estrella para usufructuar su imagen después de su muerte si esta lo permite. Farándula literaria peligrosa cuya actitud enfermiza se ha afianzado gracias a su relación estrecha y acrítica con las manías del consumo y las redes sociales. 


Jesús David Buelvas Pedroza


viernes, 11 de junio de 2021

Asunto de vándalos


Foto tomada de la red (créditos a quien corresponda) 

El uso reiterativo de algunos vocablos en las coyunturas sociales y políticas del mundo neoliberal despierta el interés por saber qué hay no solo en el contenido semántico, sino también en el recorrido histórico de dichas palabras. Tal vez eso esté ocurriendo con la palabra “vándalo” actualmente en Colombia. Esta es una palabra supremamente manoseada por los medios de comunicación privados, pero de corte oficialista que sin disimulo apoyan el régimen que Duque quiere implantar en favor del innombrable y sus aliados, entre los que se cuentan los dueños de los emporios económicos que han hecho de la política en Colombia un negocio más lucrativo que el narcotráfico. También es una palabra de la que abusan sin discriminación alguna los seguidores dogmatizados de la doctrina uribista que agobia esta ya dolida patria con todas las irregularidades que sus ansias de poder dictatorial han generado. Los senadores de los escuálidos partidos de gobierno y el mismo presidente de la república también la han convertido en parte esencial y reiterativa de sus discursos en esa evidente estrategia de criminalización del estallido social que se ha dado en un país que manifiesta no aguantar más el abuso de este gobierno y de los que le han antecedido durante más de doscientos años.

La palabra en cuestión es un germanismo derivado del vocablo wandjaz usado para denominar a los individuos pertenecientes a una tribu que saqueó Roma en el año 455 de nuestra era. Si se consulta en internet, se pueden encontrar reseñas muy bien documentadas y basadas en registros confiables del recorrido histórico de una tribu que en interacción a veces pacífica, otras veces bélica, con otras del mismo talante configuraron un proceso de formación que culminó con el empoderamiento de la palabra “vándalo” como nombre genérico de ese conjunto de pueblos que se fusionaron para recorrer gran parte de Europa y con ello contribuir a la formación cultural, política y social de lo que hoy se conoce como cultura occidental. Tal ha sido la marca de estos pueblos en dicha cultura que el término “vandalismo”, derivado del nombre original de dicho pueblo, fue usado en 1793 por el obispo de Blois, Henri Gregonde Tours en un discurso en el que denominaba con dicha palabra los saqueos de que fueron objeto las iglesias católicas durante la revolución francesa.

 

Queda claro entonces que la palabra vándalo desde sus inicios y a lo largo del tiempo ha estado relacionada con la designación de grupos o personas que políticamente se oponen a alguna forma de dominio tiránico o imperialista. Bello e ideal origen para el de un vocablo tan popular en Colombia por estos días. En un principio, la palabra “vándalo” denominaba uno de los pueblos que contribuyeron para que desapareciera el imperio romano, imperio cuya historia, al igual que la del Estado colombiano, está relacionada con las traiciones, con la corrupción, con la persecución sangrienta. Además, para ejercer su poder con mayor efectividad, este imperio acogió como religión el cristianismo, culto del cual derivó el catolicismo, quizá la iglesia más corrupta de todos los tiempos. Siglos después, en boca de un obispo de esa misma iglesia, la palabra “vándalo” pasa a denominar a los grupos de manifestantes que se opondrían a la monarquía que los oprimía derrochando el erario en lujos y excentricidades mientras la población hambrienta era ahogada por los excesivos impuestos. Si nos atenemos a esto, parece que los grupos denominados vándalos aparecen en la historia para romper ciclos de autoritarismo y corrupción en contra de los pueblos que representan. Desde esta perspectiva, los opositores del paro deberían cuidarse de seguir usando esa palabra pues, por una especie de misticismo taumatúrgico, podrían estar convocando la llegada de quienes, desde la lucha social, escriban el fin de su dominación en este tiempo.


Son varios los significados que se pueden encontrar de la palabra “vándalo” en una revisión etimológica e histórica exhaustiva. Pero entre todos esos sentidos existe uno que de manera particular llama la atención. La palabra vándalo en sus orígenes significaba “los que cambian”, “los hábiles”. Este significado original dado al pueblo que llevaba dicha palabra como nombre por sus capacidades para desplazarse y para la lucha, sin romantizar el asunto, estaría muy acorde con las características de los grupos de jóvenes que hoy día en Colombia pretenden generar un cambio social y político por medio de la manera hábil y valiente en que se han opuesto al gobierno Duque, a su menosprecio por las masas populares, a su negación para el diálogo sincero y humilde con los verdaderos protagonistas de la protesta, pero sobre todo con sus gestos de apoyo a los excesos de la policía sumado al guiño que gustoso le hace a la llamada “gente de bien” que con sus camisetas blancas y su actitud paracoide recuerda al ku klux klan de otro tiempos.


La palabra vándalo y su derivado vandalismo han sido empleadas en los medios y en las redes de manera irresponsable pues cada vez que los amigos del poder uribista en cabeza del presidente títere la pronuncian o escriben lo hacen con una intención estigmatizante sumada a un claro matiz de generalización. La ceguera de algunas posturas, en ocasiones, impide ver a sus seguidores que pueden estar cavando la fosa ideal para su entierro. El uribismo, en su afán de mantener el poder a como dé lugar, parece no percatarse de que va en ese camino. Desde el presidente, pasando por periodistas, congresistas, influenciadores adscritos a dicho partido, hasta sus seguidores usuarios de las redes sociales, han usado la palabra vándalo de una manera tan recalcitrante que la han vaciado de su sentido de estigmatización a tal punto que a los cibernautas y a las personas que en las calles apoyan el paro no les importa ya en lo más mínimo autorreconocerse como tal.


Este fenómeno entraña un serio peligro para los que desde el poder intentan sofocar el estallido social usando artimañas lingüísticas como la estigmatización y los eufemismos pues parece que con la palabra vándalo están causando un efecto contrario al que pretendían lograr. Tal vocablo ha sido redimensionado en su sentido e importancia hasta el punto de convertirlo en uno más de los tantos símbolos que fortalecen los ánimos y la voluntad de lucha de quienes están a favor de esta protesta. En ese sentido hay que recordar el poder de convocatoria que tienen los símbolos en las luchas por la liberación de los pueblos.

Uno de los aspectos que ha distinguido al paro actual es precisamente la proliferación de símbolos que los mismos aliados del gobierno han ayudado a configurar con sus acciones represivas en contra de los manifestantes, además de la participación activa de artistas, líderes sociales, profesores y estudiantes que parecen haberse percatado de que la movilización se dinamiza si se le suma el atractivo de lo simbólico renovado por medio de la creatividad y de un uso inteligente del lenguaje. En medio de este panorama de fortalecimiento y renovación continua de la lucha de un amplio sector del pueblo colombiano por una sociedad más equitativa aparece la palabra “vándalo” con toda su historia, con toda su carga semántica y con la resignificación necesaria para convertirse en un símbolo poderoso en nombre del cual los vándalos marchantes de 2021 tal vez alcancen los cambios que en las protestas y paros de años anteriores no se han podido lograr. 

Jesús David Buelvas Pedroza 

Escritor, profesor licenciado en español y literatura. 

jueves, 20 de mayo de 2021

El paro de 2021 en Colombia, un paro muy particular

 

Foto tomada de Facebook


El gobierno duque y el uribismo realmente tienen que preocuparse ante las singularidades que se están presentando en el paro actual. Este paro de 2021, a diferencia de paros pasados ha tenido una serie de características que lo diferencian de los anteriores y que lo convierten en lo que podríamos empezar a llamar un verdadero estallido social el cual no se conformará ni se aplacará con los acuerdos falaces e incumplidos de las veces anteriores. Este paro es en verdad una demostración de fuerza y de ganas de cambio por parte de la población colombiana consciente de que los gobiernos que hasta el momento se han tenido no gobiernan en favor del pueblo sino de una élite que cada vez refina más sus mecanismos para seguir contando de manera mezquina con sus privilegios mientras el pueblo raso se hunde en el dolor, en la necesidad y la miseria.

Los medios de comunicación más vistos en el país siguen en su postura de manipuladores de la información en favor de los intereses de las élites y el gobierno. Sin embargo, en esta ocasión, esta tarea les ha quedado tan difícil que ya no les es posible negar la legitimidad de los reclamos hechos por el pueblo que protesta, ni mucho menos ocultar los abusos cometidos por las fuerzas policiales que pretenden controlar e incluso infiltrar y vandalizar las marchas. Tal ha sido la dificultad que se les ha presentado a los noticieros de televisión y a la prensa que se han visto obligados por la presión tanto internacional como nacional a desmontar su estrategia acostumbrada de deslegitimación de las protestas usando el lenguaje criminalizador, cargado de expresiones de censura en contra de los marchantes y de eufemismos en favor de la policía que con excesos pretende sofocar a como dé lugar la expresión de libertad del pueblo que protesta; lenguaje que seguro es direccionado por los esbirros que para ello, de manera especial, entrenan y mantienen nuestros nada ingenuos gobiernos de ultraderecha.  

A la poca efectividad de esa sucia estrategia mediática se le suma esta vez el despliegue que las redes sociales les han permitido a quienes se han tomado el trabajo de convertirse en periodistas ad honorem cubriendo los hechos desde los intestinos de las marchas. Tal ha sido la posibilidad informativa que las redes sociales han permitido a los marchantes que el gobierno y sus aliados han buscado la manera de censurar y bloquear su uso como mecanismo de información sobre las manifestaciones pues gracias a ellas, esa parte del pueblo que está ciega de tanto ver noticieros privados, ha podido enterarse de que existe otra cara de la moneda. También gracias a las redes, las noticias de cómo avanza el paro y la represión en Colombia se ha convertido en noticia internacional lo que ha permitido que sobre el accionar del gobierno duque haya una mirada distinta a la que antes transmitían los medios oficialistas.  

Gracias al hábil uso de las redes por parte de los periodistas del paro y de los ciudadanos que cada vez confraternizan más con el pueblo que reclama no solo se ha dificultado el trabajo antiético de la prensa arribista y vendida de nuestro país, sino que las ganas de marchar al parecer se han contagiado más que la misma pandemia del coronavirus que también nos afecta. Gracias a las redes y por medio de ellas, las ganas de marchar y de levantar su voz de reclamo ha llegado a poblaciones que anteriormente no eran noticia y se mantenían al margen de cualquier lucha social que en el centro del país y que en algunas de las grandes ciudades de Colombia se realizaban. Hoy día, gracias a las redes sociales nos enteramos de que a la protesta se han sumado los habitantes de poblados que ante cualquier forma de reclamo social anterior permanecían en la indiferencia. Estos habitantes, cansados y sumidos en la pobreza generada por el abandono estatal, han comenzado a movilizarse y están bloqueando caminos y carreteras. A este nuevo aspecto de la movilización de 2021 habría que sumarle otros dos fenómenos igual de novedosos. Por un lado, la protesta social se ha descentralizado. Así como han salido a protestar poblaciones que antes no lo hacían, también en las ciudades se ha dejado de protestar solo en las grades avenidas y en las plazas centrales. A estas movilizaciones que siempre han sido significativas se les suman ahora los puntos de resistencia que se están tomando los barrios y los puntos neurálgicos de todas estas ciudades. Esta nueva forma sectorial de manifestarse, además de dificultar el control policial, está contagiando las ganas de reclamar, la voluntad de lucha a los habitantes de cada barrio que ahora sacan sus ollas, sus sartenes y sus banderas para animar desde las terrazas y las ventanas a los marchantes mientras estos pasan enarbolando sus pancartas y gritando sus arengas por el frente de sus residencias. El otro aspecto de cuidado para el gobierno tiene que ver con la solidaridad que se despierta en un pueblo cuando ve que las autoridades que deberían protegerlos se dedican a maltratar, a asesinar o a desaparecer a los suyos, a los que están en la calle reclamando por sus derechos. Ya son innumerables los videos en los que los habitantes de los barrios, además de grabar y difundir el abuso y la persecución policial, abren sus puertas para refugiar a manifestantes perseguidos o salen y se enfrentan a las patrullas para evitar que los capturen frustrando así la sevicia con que la policía intenta ejecutar sus procedimientos.  

Esta mutación de la protesta en Colombia debería convertirse en un serio indicador para el gobierno duque, para el uribismo y para cualquier otra forma de corrupción electorera y gubernamental de este país. Un indicador que demuestra que la mentalidad política del colombiano está cambiando en una dirección que a ellos se les está saliendo de las manos pues se nota que quieren contener las acciones que esta nueva manera de pensar genera con las viejas estrategias del engaño mediático y el uso y abuso de la fuerza. Parece ser que la astucia se les está acabando; que el lenguaje lleno de eufemismos y falacias o que el grito del autoritarismo ya no tienen efecto en una población que cada vez se acerca más a la certeza de que  en las calles se pueden generar los cambios que han sido frustrados en las urnas con la complicidad existente entre la registraduría y los entes de control que se hacen los de la vista gorda ante la compra y venta de votos y los fraudes que en elecciones se hacen para mantener en el poder una oligarquía podrida que se ha quedado sin discurso y que de tanto corromper y corromperse ya no se puede mostrar como una solución fiable para quienes desean un país de futuro y posibilidades de vida generadas a partir de todas sus riquezas.

Esta mutación de la protesta en Colombia debería ser un indicador para tener en cuenta tanto en el presente como a futuro por todo aquel que desee participar y hacerse elegir como parte de los gobiernos venideros. Si no hacen ese análisis y desechan esta manera de salir a la calle de los colombianos, puedo asegurar que las futuras generaciones de políticos se verán destinadas al fracaso, tratando de gobernar una ciudadanía que cada vez cree menos en el Estado y que está dispuesta a todo para que no se le siga humillando y para que al momento de tomar decisiones, sus gobernantes siempre la tengan en cuenta.