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miércoles, 6 de enero de 2021

El efecto influencer*

 


La fórmula Marketing/Mundo Digital resulta muy peligrosa a causa de los endriagos que produce. Algo que, al parecer, desde el momento en que estas dos variables del mundo contemporáneo se confabularon y en lo continuo, no dejarán de hacer. El futuro es una entelequia y como tal hay que dejarlo en su lugar. Si nos asomamos a él, lo preferible sería hacerlo en compañía de un buen novelista de anticipación para disfrutar a fondo lo que una imaginación cultivada pueda brindarnos. Pero al hablar del presente, este instante permanente en que vivimos, sí resulta conveniente anali- zarlo a fondo para desentrañar, en lo posible, los sentidos que comporta esa complejidad que lo caracteriza sobre todo cuando se trata de las dinámicas de las relaciones humanas. Es innegable que este mundo atolondradamente urbanizado, en el que hemos confluido los hombres de este tiempo, está determinado por la influencia de la red y las posibilidades que esta, en cuanto a dinámicas de interacción entre las personas, ha traído consigo. Gracias a la internet y a los gurús tecnocráticos que la han convertido en un espacio de convivencia, las redes sociales son un fenómeno determi- nante en el desarrollo de la personalidad y en la orientación de los comportamientos comunicacionales de la gran cantidad de personas que, en este mundo cognoscible, desde hace algo más de dos décadas, han estado en relación directa con ellas.

Desde el empoderamiento de la burguesía, el mundo ha pertenecido a los gremios y a las corporaciones. Estos vieron en la prensa, la radio y la televisión una vía muy efectiva para influenciar en la voluntad de quienes desde entonces y hasta hoy, son conocidos bajo la nominación despersona- lizante de “consumidores”. Analizar la relación mercado-medios- consumidor es importante para comprender la base que fundamenta el mundo capitalista en el cual quienes tienen la batuta, a pesar de la aparente democratización de los recursos y de los mecanismos facilitadores de las relaciones humanas, han hecho lo posible por seguir siendo los dueños únicos a la cabeza del sistema. Y para ello, valiéndose del refinamiento de las herramientas y los procedimientos promocionales, han llegado al punto de apropiarse de todos los estamentos de poder de la sociedad como también de la voluntad de la mayoría de sus integrantes. Es por esto que su visión economicista, cuya mejor expresión ha sido el Marketing, no podía quedarse rezagada y sin camuflarse, a la mejor manera del camaleón, con las nuevas diosas, nacidas gracias al imperativo tecnocrático y traídas al mundo por los creadores y los promotores de lo que hoy de manera llana conocemos como tecnologías informáticas. Las redes sociales, con cada una de sus posibilidades surgidas gracias a la infinidad de aplicaciones creadas para los aparatos que hoy día se convierte en las puertas de esa mutada, pero igual de peligrosa caverna platónica, han permitido a los señores del capital crear nuevos engendros para afianzar ese trabajo de enajenación ya iniciado con éxito gracias a las refinadas trampas de la publicidad en anteriores décadas.

Han sido varias las estrategias desarrolladas por los señores del marketing al servicio de los dueños del sistema. Cada una de ellas tiene una forma de impacto especial en el consumidor quien resulta asaeteado constantemente por imágenes, sonidos y juegos de colores que influyen en su voluntad cada vez que, para satisfacer las necesidades que le han sido creadas en la era del mercado y la informática, se conecta. Estas estrategias evolucionan de acuerdo con los intereses y el grado de efectividad que se precisa de ellas. De los simples anuncios o avisos que atacan al cibernauta desde algún punto de la pantalla, los cuales pueden ser desapa- recidos temporalmente cerrando la pestaña en que se presentan, se ha pasado a otros más avasallantes como los insertados en los videos de los influenciadores, estas nuevas figuras farandulescas que han aparecido como una novedosa posibilidad de entretenimiento. El influenciador, un nuevo espécimen de la farándula que además de consagrarse como el culmen del humorismo heredado por la sociedad postmoderna, obtiene ganancias permitiendo que su imagen o sus vídeos sean espacios para la promoción de servicios y productos que supuestamente satisfacen los deseos de ese individuo que frente a la pantalla, gracias a las herramientas con que la informática ha cohesionado el confort de la estadía en casa con los servicios del mercado y la banca, consume contendidos y adquiere objetos, en su mayoría innecesarios, pero que por alguna razón siente que debe aprovechar cuando, con toda las “ventajas” de la promoción, son puestos en venta.

Esas estrategias y mecanismos, incluyendo a los personajes usados para su ejecución, en la actualidad son prioridad para la sociedad capitalista pues gracias a este conjunto de herramientas puede mantener intacta la verticalidad de las relaciones que la sostienen. Esta circunstancia da pie a la existencia de los endriagos que con el paso del tiempo se hacen necesarios en un sistema que sabe muy bien cómo manipular los intereses de los individuos que, gracias a las dinámicas de explotación laboral y de consumo de productos por ellos mismos elaborados, lo mantienen. Dichos endriagos o fantasmas juegan un papel muy importante al ser utilizados para, además de alivianar la verticalidad del sistema generando una falsa atmósfera de horizontalidad, crear gustos e inclinaciones con los cuales los individuos se han de identificar, así como también servir de modelos que representen esos gustos e intereses ante una multitud de “seguidores” que a la vez son consumidores de contenidos mediáticos e internáuticos. Esta sociedad capitalista ha creado para cada época sus propios personajes, sus propios fantasmas, sus propios endriagos. Y existe algo muy notable en relación con estos; en la medida en que avanza el tiempo, esos personajes parecen ir en línea recta apuntando hacia el fondo de la decadencia.

Es probable que no hayamos tocado fondo todavía, pero con el influenciador, la figura chic de este tiempo, podríamos casi asegurar que ya estamos cerca. Sus antecesores, al menos desde una moralidad de época, mantenían un aire de respetabilidad que los asemejaba, con algo de verosimilitud, a personajes arquetípicos. Este rasgo generaba una disposición especial que invitaba a verlos como seres dignos de ser aclamados por cantidades de personas que declaraban gustosas ser sus admiradores. El influenciador por su parte es alguien que rara vez inspira admiración o respeto. Este personaje, propio de una época caracterizada por una profunda crisis de valores, empieza por irrespetarse a sí mismo con el propósito de ser visto por los demás sin tener en cuenta que lo que hace, además de convertirlo en motivo de burla o censura, lo cosifica, es decir, también lo convierte en objeto. Esto le importa muy poco a este representante del narcisismo vacío pues lo importante para él es que sus redes sociales se llenen de vistas, de reacciones y de comentarios que, aunque sean insultos o reproches, viralicen su vídeo. El influenciador no tiene admiradores; solo se admira a una persona que demuestra de manera coherente tener cualidades superiores a las del resto de los mortales. Se admira al héroe y el influenciador está muy lejos de serlo. Su cercanía con el bufón lo desmitologiza hasta el punto de proyectarlo como un espécimen vulnerable, desprovisto de rasgos que lo dignifiquen y mucho menos dignifiquen lo que hace. El influenciador, en tal situación no puede aspirar a tener admiradores y debe contentarse con un público a su medida; un público que responde de manera reactiva a los sinsentidos que, con sus acciones, protagoniza; un público rebajado a la categoría de seguidores.  

Es claro que, con sus características, el influenciador no puede aspirar (parece seriamente no estar interesado en ello) a la trascendencia como sí podían hacerlo los semidioses, los héroes y hasta algunas de las estrellas del mundo del espectáculo. Gracias a su desinterés por conquistar lo eterno, el influenciador se constituye en una figura más de las que, en las décadas recientes, han representado a esta sociedad en la cual las taras postmodernas nos han dispuesto para la excitación constante en que vivimos. A punta de una banalidad morbosa que en todos lados es promovida se nos ha sometido al imperio de los sentidos, haciéndonos adoradores de lo rápido, de lo poco profundo, de lo pasajero y de lo vacuo. El influenciador parece ser la figura culmen de esta sociedad; con su forma de actuar siempre al borde del libertinaje, con su interés en lucir siempre llamativo para sus seguidores, con su intento de conseguir a costa de lo que sea que estos reaccionen, con sus expresiones desobligantes en contra de algunos valores que aun en este tiempo podrían ser importantes, demuestra que lo que menos le interesa es arar un terreno para el futuro; la vida es ahora y el presente es lo que le importa, y en esa medida sus seguidores también han de ser adoradores de lo efímero. De esta manera, el influenciador vive la vida loca; promulga una existencia sin nada que aparentemente lo limite; muestra vivir sin barreras de respeto por sí mismo y mucho menos o nada de respeto por los otros. De esta misma forma, invita con sus actos y con su actitud aparentemente desafiante, a vivir a sus seguidores; disfrutando como sea y sin medida alguna el instante.

La depreciación que ha sufrido lo serio al ser relacionado con el aburrimiento constituye el caldo de cultivo propicio para el supuesto éxito del influenciador. Éxito que tan solo ratifica el triunfo del sistema en que vivimos sobre cualquier posibilidad de toma de consciencia por parte de los individuos. El influenciador les gana a todas las demás figuras de la farándula al convertirse en el máximo exponente de la constante búsqueda del entretenimiento por el entretenimiento; búsqueda a que ha sido condenada la mayoría de la población que vive pegada a las pantallas. El humorismo del influenciador carece de límites y por eso es supremamente avasallante pues es perseguido tanto por los que con él se divierten como por aquellos a quienes les genera el sentimiento más irracional de todos los existentes; la rabia. Al observar detenidamente el comportamiento de las personas en las redes, da la impresión de que los segundos, sus perseguidores, son más atraídos por el influenciador que los primeros, sus seguidores. En las redes sociales, la fórmula de las interacciones no diferencia entre positividad y negatividad y parece ser que las reacciones generadas por las emociones negativas son las que más impulsan el algoritmo y la visibilidad del influenciador. Sus perseguidores reaccionan y comentan de manera encarnizada. Al darse cuenta de esto, él actúa astutamente y organiza sus contenidos para que sus perseguidores estén atentos y lo ayuden con sus insultos y reacciones negativas a impulsar sus videos y a popularizarse. Con este factor a su favor, es decir, usando la fuerza de sus oponentes como un buen combatiente de artes marciales, el influenciador se ubica en el primer lugar del podio de las figuras de este tiempo, ganándole por partida doble a los chismosos de la farándula, a los deportistas, a los cantantes y a los modelos.

Está claro entonces que no es el influenciador quien triunfa en este sistema que nos vende una idea muy particular de éxito, utilizando al influenciador como en su momento utilizó a cada uno de los endriagos que lo antecedieron. Los triunfadores son los dueños mismos del sistema quienes han sabido jugar una vez más utilizando sus mecanismos para crear un nuevo y peligroso objeto de entretenimiento; una figura con la que pueden jugar a la romantización del paladín salido de la pobreza gracias a su “voluntad” e “inteligencia” para aprovechar las herramientas tecnológicas y, claro está, “el don” que, según sus seguidores, solo él tiene, y que, según estos también, quienes analizamos la cuestión desde una orilla crítica, envidiamos profundamente. Entre otros aspectos los dueños del sistema usan esta figura para atizar el caos que tanto les conviene pues el influenciador es utilizado para mostrarle a los seguidores que las reglas siguen existiendo para romperse y que, si se tiene fama, como los demás personajes de la fauna del entretenimiento, esto no tendrá mayor efecto. Con salir en los medios disculpándose y mostrando arrepentimiento es suficiente. Esto, incluso, ayuda a aumentar el reconocimiento. En esta medida el influenciador ha ido más lejos que sus antecesores pues es la muestra perfecta de que cualquier ser humano por más común y corriente, puede acceder al éxito que todo el mundo cree que se merece y que hoy día es horizontalizado, como en algún tiempo lo hicieron los tabloides amarillistas, por las redes sociales las cuales constituyen la puerta de acceso a la posibilidad de la viralización de la imagen, idea con la que hoy día tanto nos seducen y nos entretienen.

Los dueños del sistema siguen triunfando al coptar la voluntad de las mayorías y en el fenómeno del influenciador han encontrado una de las maneras más efectivas de todos los tiempos. Este individuo común y corriente venido a más gracias a una herramienta que tenemos a la mano se convierte en la mejor invitación para que todos lo intentemos. Es difícil creer que la gran parte de los millones de ciudadanos del mundo, integrados al sistema por medio de la internet, no tengan al menos un perfil en una red social. Existen personas que han creado perfiles en todas o en la mayoría de las existentes. A lo largo del día invierten tiempo colgando fotos, vídeos y estados para generar reacciones en los otros, esperando en algún momento que su publicación se viralice. A este tiempo se le suma el tiempo de recorrido por la bandeja de inicio de cada red revisando lo que postean sus contactos, entreteniéndose con los comentarios de publicaciones que les interesan, comentando o respondiendo y dando sus respectivas reacciones mientras esperan a que se activen sus notificaciones anunciándoles el gran momento. La mayoría de ellas no están informadas acerca de cómo funcionan en realidad las redes y todo lo que quienes conocen su andamiaje hacen para que ocurra la epifanía de la estrella influenciadora que estará vigente por algún tiempo. Pero es este desconocimiento, azuzado por la necesidad de ser vistos que se nos ha enraizado gracias al narcisismo postmoderno e incitado hasta la excitación neurótica a causa del “éxito” que otros consiguen recurriendo a eventos extremos e incluso patéticos lo que en parte nos hace insistir, invirtiendo el tiempo que podríamos aprovechar para estar con los otros, para acercarnos a la naturaleza o para disfrutar de esa soledad íntima a la que tanto le tememos, en una persecución ansiosa de lo que el sistema ha querido que creamos que en realidad es la vida y que ahora entraña una idea falaz muy bien reforzada gracias a la aparición del influenciador y su efecto.   


                                                            Jesús David Buelvas Pedroza 

*La palabra "influencer" es usada solo en el título por efectos comunicativos. En el resto del texto se usa su equivalente en castellano "influenciador".

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 17 de noviembre de 2020

Comentario crítico de Rafael Chico sobre el poema "Prohibido dudar"

Este es el análisis que el lingüista y semiólogo cartagenero Rafael Chico redactó acerca del poema "Prohibido dudar" de la autoría del escritor Jesús David Buelvas Pedroza.  

Vas por buen camino Jesús. Construyes un interesante poema cuya unificación se encuentra a cargo de la enunciación de un sujeto lírico, cuyo punto de vista crea una limpia y eficiente función semiótica o articulación entre el plano de la expresión (forma o composición) y el del contenido (sentido). Gracias a ello, el punto de vista del sujeto lírico nos explica el mundo contemporáneo con una visión casi omnisciente y comprensiva --en el sentido filosófico de abarcadora-- que hace mímesis muy precisa de los modos de describir mediatizados del mundo contemporáneo o filtrado por la enunciación caótica de los medios actuales de comunicación; sobre todo periodísticos. Este sujeto lírico sabe también desembragar o distanciarse de la óptica mediatizada para evaluar o juzgar críticamente con una mira intensa y preocupada al tiempo que capta y comprende racionalmente el espectáculo caótico del mundo puesto en discurso mediatizado para confrontarlo con una realidad que siempre está fuera de los bordes de una enunciación intencionalmente fraccionada, cercenada en nombre de las luchas de campo por el raiting. Todo esto se logra gracias a un plano de la expresión poética que doma lo caótico en una estructura sólida que convierte en imágenes poéticas claras como cristales de sentido altamente comunicativos que se yuxtaponen una a la otra en una cadena enumerativa a modo de lista unificada fuertemente por una isotopía, que es explicitada en el verso final de remate. Tal unificación viene dada también por una musicalidad fundamentada básicamente en el ritmo acentual y el uso estratégico de encabalgamientos. Esta musicalidad --propiedad poética que me parece no es respetada lo suficiente en la poesía contemporánea que he leído-- permite distinguir los énfasis términos claves que componen la isotopía.

Si hay un dejo, en el plano de la expresión, en la estructura de lista o enumeración que me recuerda el modo de describir de algunos versos de canciones de Sabinas. Repito, esto en algunos aspectos del plano de la expresión, no del contenido.

Aquí el poema al cual se refiere el autor del comentario anterior. 


Prohibido dudar

 

Debe creer a pie juntillas.

El comercio repunta:

a pique la tienda del vecindario

inaugurados los almacenes

las tiendas de cadena

los centros comerciales.

La educación presupuestada:

los estudiantes marchan

los profesores paran    

la ortografía y la ciencia

en sus pancartas.

La salud reinyectada:

los enfermos

de las ambulancias

a los coches funerarios

las filas extensas

frente a clínicas y hospitales.

La seguridad en auge:

los campesinos temen al día

a la noche  

a la madrugada

los psicólogos no dan abasto

el valprosín y el litio

agotados en las farmacias.

El tráfico mejora:

insultos entre pasajeros

peleas entre choferes

el caos vehicular

sorteado por mototaxis.

La contaminación baja:

la polución y la basura

partes del decorado

el marrón del cielo

efectos especiales.

La naturaleza preservada:

la estética de la caza

el tráfico de la fauna   

el colapso de la mina

la tala de los bosques

integrados al paisaje.  

La gente más tolerante:

los policías pandilleros

las pandillas policiales

los violadores linchados

las motos de atracadores  

convertidas en fogatas.

La publicidad y la política

más humanizadas:

los eufemismos alivian

las noticias ocultan

el televidente tranquilo

con la economía

y las estadísticas maquilladas.

Los intereses de la clientela

protegidos por la banca:

el rendimiento de cuentas

la pulcritud de los extractos.

La receta del entretenimiento:

actores, modelos

presentadores

deportistas y cantantes

su intimidad

notas de farándula.

Más allá de los medios, la vida sobra.

Si se arriesga, verá cómo arreglárselas.  


sábado, 6 de enero de 2018

La metaforización de lo transitorio


En una de las líneas con las que se teje el entramado poético de “Metáfora de la ausencia”, el poeta anuncia “Yo vivo de saber que nos asiste lo fugaz”. Este enunciado, casi de nivel aforemático, sumado a otros tópicos y constantes de este maduro poemario, me hace pensar nuevamente en la gemelidad existente entre poesía y filosofía. Son varios los estudios y líneas dedicadas a este parentesco, aunque poetas y filósofos se resistan a aceptarlo, negándose a reconocer que sus preocupaciones estéticas y reflexivas tienen un numen común. A pesar de estos intencionales distanciamientos, conceptuales por un lado, e imaginativos por otro, las dos hermanas se buscan y se terminan encontrando bajo la parentela unívoca del lenguaje que les sirve para tomar cuerpo; tal como ocurre en el decurso poético del séptimo libro de Ricardo Vergara.
En el capítulo inicial de “Del sentimiento trágico de la vida”, Unamuno hace una acotación en la que recalca la gemelidad entre poeta y filósofo, apuntando a la casi mismidad de estos dos oficios. Esta acotación del intelectual español y los elementos encontrados en la lectura detenida de “Metáfora de la ausencia” me sirven de soporte para las ideas que expondré a continuación y que se desarrollan en torno a mi convicción de que en este poemario se prefigura una poética metafísica (tal vez la metáfora sea otra forma de la metafísica o viceversa) en el orden de lo heraclitiano. Es probable que el poemario vaya más allá, pues la poesía en su plurisignificatividad siempre rebasa los límites de cualquier interpretación. Pero desde mi cosmovisión como lector limitado por los enfoques desde los que intelectualmente me muevo, disfruto hallar en este libro resonancias profundas y conmovedoras que conversan con los enunciados y reflexiones con los que el Oscuro se hizo digno de ser recordado.
Uno de los tópicos más conocidos del pensamiento heraclitiano es el que atañe al devenir; la concepción de que todo lo existente está en constante movimiento. Esta idea de las aguas trashumantes es palpable a lo largo del río de palabras que le sirven a Vergara para sumergirnos en imágenes alusivas a la ausencia que se convierte en el eje central de su libro. En la corriente verbal del poemario aparecen de manera recurrente imágenes y alusiones que nos recalcan las improntas ineludibles del tiempo, y frente a este, el peso existencial de sabernos efímeros a pesar de nuestra constante pero frustrada aspiración a lo eterno. El ritmo de este poemario se consigue gracias a la idea fija de que nuestra transitoriedad es parte inherente de nuestra conciencia y que por ello vivimos en la dicotomía de una aspiración irrealizable. Dicho ritmo es una melodía que resuena en el estático revoloteo del colibrí, en el silencioso aleteo de la mariposa, en la existencia pasajera de la flor, en el meloso zumbido de la abeja o en la fantasmal aparición de la muchacha que en el poema “Presencia y fuga” nos incita a brindar por ella.
La fuerza poética con la que en “Metáfora de la ausencia” se toca el tópico de lo pasajero; de todo lo que cambia y se diluye en y con el tiempo, lleva al lector de este libro a indagar en relación con otro de los elementos centrales de la dialéctica heraclitiana; la presencia dinamizadora del fuego. En Heráclito el fuego es una metáfora necesaria para aludir a la fuerza que impulsa el movimiento. Y si leemos bien, en el poemario en cuestión nos encontramos versos como indicamos el fuego cuando anunciamos la flor (en “El sueño de otra continuidad”, página 12), y el hollar en lo impreciso de un ardor que dura el tiempo de la vida (en “Destino”, página 14) o no es más el ardor de lo que transcurre (En “Razones y existencias”, página 28), líneas suficientes para confirmar que la conciencia heraclitiana del fuego también nos habla a través de la voz poética empleada por Vergara para la enunciación de sus poemas. El fuego de Heráclito, concebido como energía impulsadora del cambio, se manifiesta en “Metáfora de la ausencia” por medio de marcas textuales que evocan tanto lo que es como lo que provoca. Para evidenciar esto, bastaría revisar poemas como “El sembrador de luces”, “Nosotros” o “A una mujer de veinte años” en los que el fuego se manifiesta como presencia que ilumina, que resplandece, que quema al enfrentarse e intentar desvanecer las sombras.
Esta segunda forma en la que el fuego aparece en el poemario de Vergara, invita a pensar en el tercer tópico de la filosofía de Heráclito. Devenir y fuego no pueden concebirse, en este contexto,  desvinculados de esa otra idea con la que nuestro presocrático dinamiza su ontología al afirmar que “el combate es de todas las cosas el padre y de todas el rey”. Es bien sabido que esta lucha anunciada por el Oscuro da pie para pensar por primera vez en la dialéctica como tal. Ese enfrentamiento constante a partir del cual la realidad y nosotros con ella, nos hemos configurado tanto en la alteridad como en la unicidad, también aparece en este libro del poeta sucreño.
Tal lucha de contrarios empieza a prefigurarse desde la actitud misma del poeta. Este  pretende perennizar con la palabra lo que ya está destinado a desvanecerse y convertirse en ausencia. Es el poeta mismo –al igual que el filósofo– quien pretende cumplir el papel de eternizador de la realidad acudiendo para ello a lo más concreto y abstracto que existe; el lenguaje. Gracias a este elemento de naturaleza tan ambigua (la lucha ya está en él), el poeta logra configurar poemas como “Lo más alto”, “Inocente” o “Contemporaneidad”. Son estos tres poemas, entre otros, los que más evidencian la preocupación de la voz poética por la búsqueda del equilibrio que toda confrontación de contrarios implica. El arriba o el abajo, el vuelo o la caída, lo complejo o lo sencillo, la civilización o la naturaleza son algunas de las confrontaciones que podemos apreciar en este libro en el que como ya he dicho se apunta a la configuración poética de una metafísica, usando como recurso el lenguaje, que es en sí, y a la vez, la más amplia y elusiva de las metáforas.
Es probable que otros lectores encuentren en “Metáfora de la ausencia” otros aspectos en el orden de la conmoción poética y estética, pero yo me siento satisfecho con esta lectura que el libro de Vergara me permite. Pienso que cuando un poeta revive, a través de su poesía, las voces de los antiguos, nos confirma que la escritura desde cualquier ámbito, es una sola gran conversación. En esta plática totalizante quienes, con paciencia y trabajo, hilan delgado, siempre hacen un aporte importante en el plano de la revelación que nos invita a seguir conversando. En este diálogo de todos los tiempos, el poemario del que hablo hace su aporte, tal vez reafirmando lo que Aristóteles dijo en alguna de las líneas de su “Poética” cuando empoderó la metáfora como camino para llegar al conocimiento. Eso veo en este libro que ha llegado a mis manos y que he leído con gusto, no sin los resquemores del lector crítico que siempre tengo pegado al pie de mi oreja. Pero a dicho crítico le he comentado que ya conversaré con el poeta sobre los versos e imágenes que yo repensaría; que por ahora me permita escribir sobre el placer estético que me produjo encontrar rediviva la voz heraclitiana en estos versos.  
Siempre he pensado que ningún libro queda terminado del todo, y que la publicación es una forma de deshacernos de ese tormento generado por la sana manía correctora que en algún punto del camino se nos pega. A pesar de esto, hay un momento en que el libro llega al punto de querer conversar con los lectores, quienes darán luz al hecho poético (lo dijo Borges en uno de sus prólogos). Y para mí “Metáfora de la ausencia” llegó a un muy buen punto. No nos queda sino leer este poemario y seguir conversando por medio de él con el autor y con las diversas interpretaciones que desde sus versos nos convoquen. 
                                                                                                     Jesús David Buelvas Pedroza 






sábado, 25 de marzo de 2017

Reflexiones sobre sociedad, pensamiento y educación



La posición de quienes piensan que la tecnología y la ciencia, más la primera que la última, constituyen la panacea en cuanto a la solución de los problemas del mundo, surge principalmente de una estructura mental débil producto de una educación encaminada a cualquier otro objetivo menos al de formar sujetos capaces de ver la realidad desde una perspectiva amplia y a la vez profunda.
La ciencia y la tecnología no son perjudiciales en sí, están ahí como lo está una hoja de papel frente al escritor o un libro de filosofía o literatura frente al lector. Se precisa por parte del sujeto tener unas herramientas conceptuales y unas habilidades de pensamiento para dimensionar la importancia, en la justa medida de cada una de estas realidades. Cada forma del conocimiento tiene una función loable dentro de la sociedad que hemos constituido, pero somos nosotros, a partir de nuestra formación, quienes sobredimensionamos unas y menospreciamos otras.
Siempre le digo a mis estudiantes "usen la tecnología, no dejen que ella los use a ustedes". Pero es difícil que unas cuantas palabras puedan más que la impresión causada en el cerebro de cientos de miles de seres humanos por la idea de confort y de consumo transmitida a través de los diferentes medios con los cuales nos relacionamos a lo largo de nuestras vidas.
Es preciso seguir siendo y luchando. Pronunciándonos desde la manera de pensar que nos mueve y desde las acciones que ésta conduce.

lunes, 26 de septiembre de 2011

La sagrada promesa del poeta

La poesía es una promesa que el poeta, guardián de la palabra, siempre intenta defender. En eso se le va el oficio, esa entrega con la que se dedica a hilvanar todos los fragmentos de vida que llamamos versos. La labor del poeta es el producto de esa terca lucha con las palabras, una disputa de la que siempre pretende salir enarbolando como estandarte de vencedor esa promesa que es la poesía, una materia tan inasible, sepultada, en muchas ocasiones, en las profundidades del recuerdo y de los tiempos.

De alguna intrincada manera, la promesa de la poesía se manifiesta en el libro de Uriel Cassiani Pérez titulado “Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras”. Es este compendio de treinta y dos poemas el estandarte que el poeta enarbola después de la lucha que le ha permitido arrancar los versos vitales al “humo espeso” de los recuerdos, al “orden secreto” del tiempo y a esa “otra tempestad” que azota en lo más profundo del alma cuando nos atrevemos a rebuscar entre los rincones de la memoria.

Los versos de este libro discurren como testimonios de una búsqueda en la que la voz poética se adentra en esos espacios vitales de todo ser humano. Espacios que son revisados con el ojo agudo de quien siente la necesidad de desmitificar, de reconstruir con una mirada distinta, y tal vez opuesta, esos lugares de la casa y el espíritu que otros discursantes han considerado sagrados por el simple hecho de ser materia de la poesía. Es así como el discurso poético que encontramos en “Alguna vez fuimos arboles, o pájaros o sombras” nos habla de un patio que se desintegra, presentándolo como un lugar del que se rehúye y al cual sólo se vuelve (si se hace) para reencontrarnos con los destrozos que en él, han provocado las invencibles armas del tiempo y la derrota. Además del “pequeño naranjo derribado”, este hablante lírico rebusca en ese patio de la memoria para encontrarse los sortilegios del santiguador que con sus manos intenta redimir no solo la salud quebrantada, sino también los inventarios necesarios y todos aquellos rastros de la naturaleza que se empecina en no abandonar al hombre.

Una voz lírica atraviesa las páginas de este libro interpretando con la debida entonación del canto, los presagios ocultos en la lluvia, los designios que se adivinan en el humo, las maldiciones conjuradas en la luna del espejo, los contradictorios humores del padre y el quebrantado valor de la madre que protege el alma de sus hijos. Esta voz se levanta para entonar con la debida fortaleza una verdad que a todos los hombres nos compete; una verdad que nos recalca la deuda ineludible que tenemos con el pasado, ese tiempo del cual nos creemos liberados pero que por el contrario “en algún lugar nos espera”.

La misma voz de tono preciso asume la responsabilidad de la crónica en la parte final del libro. En estos últimos textos, el poeta retrata la angustia del ídolo venido a menos, la búsqueda del honor que es preciso arrancarle a la vida así sea a tarascasos, la gloria que el boxeador se granjea gracias a la rapidez y la fuerza de sus puños. En esta parte, el canto es entonado para rendir tributo a los hombres que una y otra vez suben al tinglado para batirse en busca de la gloria que solo “dura lo que un relámpago”. Esta voz poética se constituye en medio para que la misma sombra se compadezca, comentando los duros golpes que la vida le asesta al boxeador durante el tortuoso recorrido de un camino en el cual el único aliciente que este hombre tiene son “sus sueños de gloria”.

Es este libro un espacio en el que el lenguaje se construye sin pretensiones ni artilugios retóricos. La voz lírica que lo recorre se solaza con la precisión de versos tales como “La lluvia:/algo no revelado surge de ella/y vuelve a borrarse cuando escampa.”, “…la tierna herida/por donde permitías asomarme a la gloria.” o “el tiempo vuela en círculos.”. En estas líneas como en muchas otras de las que inundan el poemario, se evidencia el empleo categórico de la palabra, el uso pulido de los verbos y los sustantivos que nombran y determinan las acciones de sentido con los que el poeta revela las circunstancias y los diálogos que precisa.

En los poemas de “Alguna vez fuimos árboles o pájaros o sombras”, el lector, seguro, encontrará las resonancias de un canto limpio y equilibrado con el cual el autor comienza a construir esa promesa que está llamado a defender.

Jesús David Buelvas