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miércoles, 6 de enero de 2021

El efecto influencer*

 


La fórmula Marketing/Mundo Digital resulta muy peligrosa a causa de los endriagos que produce. Algo que, al parecer, desde el momento en que estas dos variables del mundo contemporáneo se confabularon y en lo continuo, no dejarán de hacer. El futuro es una entelequia y como tal hay que dejarlo en su lugar. Si nos asomamos a él, lo preferible sería hacerlo en compañía de un buen novelista de anticipación para disfrutar a fondo lo que una imaginación cultivada pueda brindarnos. Pero al hablar del presente, este instante permanente en que vivimos, sí resulta conveniente anali- zarlo a fondo para desentrañar, en lo posible, los sentidos que comporta esa complejidad que lo caracteriza sobre todo cuando se trata de las dinámicas de las relaciones humanas. Es innegable que este mundo atolondradamente urbanizado, en el que hemos confluido los hombres de este tiempo, está determinado por la influencia de la red y las posibilidades que esta, en cuanto a dinámicas de interacción entre las personas, ha traído consigo. Gracias a la internet y a los gurús tecnocráticos que la han convertido en un espacio de convivencia, las redes sociales son un fenómeno determi- nante en el desarrollo de la personalidad y en la orientación de los comportamientos comunicacionales de la gran cantidad de personas que, en este mundo cognoscible, desde hace algo más de dos décadas, han estado en relación directa con ellas.

Desde el empoderamiento de la burguesía, el mundo ha pertenecido a los gremios y a las corporaciones. Estos vieron en la prensa, la radio y la televisión una vía muy efectiva para influenciar en la voluntad de quienes desde entonces y hasta hoy, son conocidos bajo la nominación despersona- lizante de “consumidores”. Analizar la relación mercado-medios- consumidor es importante para comprender la base que fundamenta el mundo capitalista en el cual quienes tienen la batuta, a pesar de la aparente democratización de los recursos y de los mecanismos facilitadores de las relaciones humanas, han hecho lo posible por seguir siendo los dueños únicos a la cabeza del sistema. Y para ello, valiéndose del refinamiento de las herramientas y los procedimientos promocionales, han llegado al punto de apropiarse de todos los estamentos de poder de la sociedad como también de la voluntad de la mayoría de sus integrantes. Es por esto que su visión economicista, cuya mejor expresión ha sido el Marketing, no podía quedarse rezagada y sin camuflarse, a la mejor manera del camaleón, con las nuevas diosas, nacidas gracias al imperativo tecnocrático y traídas al mundo por los creadores y los promotores de lo que hoy de manera llana conocemos como tecnologías informáticas. Las redes sociales, con cada una de sus posibilidades surgidas gracias a la infinidad de aplicaciones creadas para los aparatos que hoy día se convierte en las puertas de esa mutada, pero igual de peligrosa caverna platónica, han permitido a los señores del capital crear nuevos engendros para afianzar ese trabajo de enajenación ya iniciado con éxito gracias a las refinadas trampas de la publicidad en anteriores décadas.

Han sido varias las estrategias desarrolladas por los señores del marketing al servicio de los dueños del sistema. Cada una de ellas tiene una forma de impacto especial en el consumidor quien resulta asaeteado constantemente por imágenes, sonidos y juegos de colores que influyen en su voluntad cada vez que, para satisfacer las necesidades que le han sido creadas en la era del mercado y la informática, se conecta. Estas estrategias evolucionan de acuerdo con los intereses y el grado de efectividad que se precisa de ellas. De los simples anuncios o avisos que atacan al cibernauta desde algún punto de la pantalla, los cuales pueden ser desapa- recidos temporalmente cerrando la pestaña en que se presentan, se ha pasado a otros más avasallantes como los insertados en los videos de los influenciadores, estas nuevas figuras farandulescas que han aparecido como una novedosa posibilidad de entretenimiento. El influenciador, un nuevo espécimen de la farándula que además de consagrarse como el culmen del humorismo heredado por la sociedad postmoderna, obtiene ganancias permitiendo que su imagen o sus vídeos sean espacios para la promoción de servicios y productos que supuestamente satisfacen los deseos de ese individuo que frente a la pantalla, gracias a las herramientas con que la informática ha cohesionado el confort de la estadía en casa con los servicios del mercado y la banca, consume contendidos y adquiere objetos, en su mayoría innecesarios, pero que por alguna razón siente que debe aprovechar cuando, con toda las “ventajas” de la promoción, son puestos en venta.

Esas estrategias y mecanismos, incluyendo a los personajes usados para su ejecución, en la actualidad son prioridad para la sociedad capitalista pues gracias a este conjunto de herramientas puede mantener intacta la verticalidad de las relaciones que la sostienen. Esta circunstancia da pie a la existencia de los endriagos que con el paso del tiempo se hacen necesarios en un sistema que sabe muy bien cómo manipular los intereses de los individuos que, gracias a las dinámicas de explotación laboral y de consumo de productos por ellos mismos elaborados, lo mantienen. Dichos endriagos o fantasmas juegan un papel muy importante al ser utilizados para, además de alivianar la verticalidad del sistema generando una falsa atmósfera de horizontalidad, crear gustos e inclinaciones con los cuales los individuos se han de identificar, así como también servir de modelos que representen esos gustos e intereses ante una multitud de “seguidores” que a la vez son consumidores de contenidos mediáticos e internáuticos. Esta sociedad capitalista ha creado para cada época sus propios personajes, sus propios fantasmas, sus propios endriagos. Y existe algo muy notable en relación con estos; en la medida en que avanza el tiempo, esos personajes parecen ir en línea recta apuntando hacia el fondo de la decadencia.

Es probable que no hayamos tocado fondo todavía, pero con el influenciador, la figura chic de este tiempo, podríamos casi asegurar que ya estamos cerca. Sus antecesores, al menos desde una moralidad de época, mantenían un aire de respetabilidad que los asemejaba, con algo de verosimilitud, a personajes arquetípicos. Este rasgo generaba una disposición especial que invitaba a verlos como seres dignos de ser aclamados por cantidades de personas que declaraban gustosas ser sus admiradores. El influenciador por su parte es alguien que rara vez inspira admiración o respeto. Este personaje, propio de una época caracterizada por una profunda crisis de valores, empieza por irrespetarse a sí mismo con el propósito de ser visto por los demás sin tener en cuenta que lo que hace, además de convertirlo en motivo de burla o censura, lo cosifica, es decir, también lo convierte en objeto. Esto le importa muy poco a este representante del narcisismo vacío pues lo importante para él es que sus redes sociales se llenen de vistas, de reacciones y de comentarios que, aunque sean insultos o reproches, viralicen su vídeo. El influenciador no tiene admiradores; solo se admira a una persona que demuestra de manera coherente tener cualidades superiores a las del resto de los mortales. Se admira al héroe y el influenciador está muy lejos de serlo. Su cercanía con el bufón lo desmitologiza hasta el punto de proyectarlo como un espécimen vulnerable, desprovisto de rasgos que lo dignifiquen y mucho menos dignifiquen lo que hace. El influenciador, en tal situación no puede aspirar a tener admiradores y debe contentarse con un público a su medida; un público que responde de manera reactiva a los sinsentidos que, con sus acciones, protagoniza; un público rebajado a la categoría de seguidores.  

Es claro que, con sus características, el influenciador no puede aspirar (parece seriamente no estar interesado en ello) a la trascendencia como sí podían hacerlo los semidioses, los héroes y hasta algunas de las estrellas del mundo del espectáculo. Gracias a su desinterés por conquistar lo eterno, el influenciador se constituye en una figura más de las que, en las décadas recientes, han representado a esta sociedad en la cual las taras postmodernas nos han dispuesto para la excitación constante en que vivimos. A punta de una banalidad morbosa que en todos lados es promovida se nos ha sometido al imperio de los sentidos, haciéndonos adoradores de lo rápido, de lo poco profundo, de lo pasajero y de lo vacuo. El influenciador parece ser la figura culmen de esta sociedad; con su forma de actuar siempre al borde del libertinaje, con su interés en lucir siempre llamativo para sus seguidores, con su intento de conseguir a costa de lo que sea que estos reaccionen, con sus expresiones desobligantes en contra de algunos valores que aun en este tiempo podrían ser importantes, demuestra que lo que menos le interesa es arar un terreno para el futuro; la vida es ahora y el presente es lo que le importa, y en esa medida sus seguidores también han de ser adoradores de lo efímero. De esta manera, el influenciador vive la vida loca; promulga una existencia sin nada que aparentemente lo limite; muestra vivir sin barreras de respeto por sí mismo y mucho menos o nada de respeto por los otros. De esta misma forma, invita con sus actos y con su actitud aparentemente desafiante, a vivir a sus seguidores; disfrutando como sea y sin medida alguna el instante.

La depreciación que ha sufrido lo serio al ser relacionado con el aburrimiento constituye el caldo de cultivo propicio para el supuesto éxito del influenciador. Éxito que tan solo ratifica el triunfo del sistema en que vivimos sobre cualquier posibilidad de toma de consciencia por parte de los individuos. El influenciador les gana a todas las demás figuras de la farándula al convertirse en el máximo exponente de la constante búsqueda del entretenimiento por el entretenimiento; búsqueda a que ha sido condenada la mayoría de la población que vive pegada a las pantallas. El humorismo del influenciador carece de límites y por eso es supremamente avasallante pues es perseguido tanto por los que con él se divierten como por aquellos a quienes les genera el sentimiento más irracional de todos los existentes; la rabia. Al observar detenidamente el comportamiento de las personas en las redes, da la impresión de que los segundos, sus perseguidores, son más atraídos por el influenciador que los primeros, sus seguidores. En las redes sociales, la fórmula de las interacciones no diferencia entre positividad y negatividad y parece ser que las reacciones generadas por las emociones negativas son las que más impulsan el algoritmo y la visibilidad del influenciador. Sus perseguidores reaccionan y comentan de manera encarnizada. Al darse cuenta de esto, él actúa astutamente y organiza sus contenidos para que sus perseguidores estén atentos y lo ayuden con sus insultos y reacciones negativas a impulsar sus videos y a popularizarse. Con este factor a su favor, es decir, usando la fuerza de sus oponentes como un buen combatiente de artes marciales, el influenciador se ubica en el primer lugar del podio de las figuras de este tiempo, ganándole por partida doble a los chismosos de la farándula, a los deportistas, a los cantantes y a los modelos.

Está claro entonces que no es el influenciador quien triunfa en este sistema que nos vende una idea muy particular de éxito, utilizando al influenciador como en su momento utilizó a cada uno de los endriagos que lo antecedieron. Los triunfadores son los dueños mismos del sistema quienes han sabido jugar una vez más utilizando sus mecanismos para crear un nuevo y peligroso objeto de entretenimiento; una figura con la que pueden jugar a la romantización del paladín salido de la pobreza gracias a su “voluntad” e “inteligencia” para aprovechar las herramientas tecnológicas y, claro está, “el don” que, según sus seguidores, solo él tiene, y que, según estos también, quienes analizamos la cuestión desde una orilla crítica, envidiamos profundamente. Entre otros aspectos los dueños del sistema usan esta figura para atizar el caos que tanto les conviene pues el influenciador es utilizado para mostrarle a los seguidores que las reglas siguen existiendo para romperse y que, si se tiene fama, como los demás personajes de la fauna del entretenimiento, esto no tendrá mayor efecto. Con salir en los medios disculpándose y mostrando arrepentimiento es suficiente. Esto, incluso, ayuda a aumentar el reconocimiento. En esta medida el influenciador ha ido más lejos que sus antecesores pues es la muestra perfecta de que cualquier ser humano por más común y corriente, puede acceder al éxito que todo el mundo cree que se merece y que hoy día es horizontalizado, como en algún tiempo lo hicieron los tabloides amarillistas, por las redes sociales las cuales constituyen la puerta de acceso a la posibilidad de la viralización de la imagen, idea con la que hoy día tanto nos seducen y nos entretienen.

Los dueños del sistema siguen triunfando al coptar la voluntad de las mayorías y en el fenómeno del influenciador han encontrado una de las maneras más efectivas de todos los tiempos. Este individuo común y corriente venido a más gracias a una herramienta que tenemos a la mano se convierte en la mejor invitación para que todos lo intentemos. Es difícil creer que la gran parte de los millones de ciudadanos del mundo, integrados al sistema por medio de la internet, no tengan al menos un perfil en una red social. Existen personas que han creado perfiles en todas o en la mayoría de las existentes. A lo largo del día invierten tiempo colgando fotos, vídeos y estados para generar reacciones en los otros, esperando en algún momento que su publicación se viralice. A este tiempo se le suma el tiempo de recorrido por la bandeja de inicio de cada red revisando lo que postean sus contactos, entreteniéndose con los comentarios de publicaciones que les interesan, comentando o respondiendo y dando sus respectivas reacciones mientras esperan a que se activen sus notificaciones anunciándoles el gran momento. La mayoría de ellas no están informadas acerca de cómo funcionan en realidad las redes y todo lo que quienes conocen su andamiaje hacen para que ocurra la epifanía de la estrella influenciadora que estará vigente por algún tiempo. Pero es este desconocimiento, azuzado por la necesidad de ser vistos que se nos ha enraizado gracias al narcisismo postmoderno e incitado hasta la excitación neurótica a causa del “éxito” que otros consiguen recurriendo a eventos extremos e incluso patéticos lo que en parte nos hace insistir, invirtiendo el tiempo que podríamos aprovechar para estar con los otros, para acercarnos a la naturaleza o para disfrutar de esa soledad íntima a la que tanto le tememos, en una persecución ansiosa de lo que el sistema ha querido que creamos que en realidad es la vida y que ahora entraña una idea falaz muy bien reforzada gracias a la aparición del influenciador y su efecto.   


                                                            Jesús David Buelvas Pedroza 

*La palabra "influencer" es usada solo en el título por efectos comunicativos. En el resto del texto se usa su equivalente en castellano "influenciador".

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 17 de noviembre de 2020

Comentario crítico de Rafael Chico sobre el poema "Prohibido dudar"

Este es el análisis que el lingüista y semiólogo cartagenero Rafael Chico redactó acerca del poema "Prohibido dudar" de la autoría del escritor Jesús David Buelvas Pedroza.  

Vas por buen camino Jesús. Construyes un interesante poema cuya unificación se encuentra a cargo de la enunciación de un sujeto lírico, cuyo punto de vista crea una limpia y eficiente función semiótica o articulación entre el plano de la expresión (forma o composición) y el del contenido (sentido). Gracias a ello, el punto de vista del sujeto lírico nos explica el mundo contemporáneo con una visión casi omnisciente y comprensiva --en el sentido filosófico de abarcadora-- que hace mímesis muy precisa de los modos de describir mediatizados del mundo contemporáneo o filtrado por la enunciación caótica de los medios actuales de comunicación; sobre todo periodísticos. Este sujeto lírico sabe también desembragar o distanciarse de la óptica mediatizada para evaluar o juzgar críticamente con una mira intensa y preocupada al tiempo que capta y comprende racionalmente el espectáculo caótico del mundo puesto en discurso mediatizado para confrontarlo con una realidad que siempre está fuera de los bordes de una enunciación intencionalmente fraccionada, cercenada en nombre de las luchas de campo por el raiting. Todo esto se logra gracias a un plano de la expresión poética que doma lo caótico en una estructura sólida que convierte en imágenes poéticas claras como cristales de sentido altamente comunicativos que se yuxtaponen una a la otra en una cadena enumerativa a modo de lista unificada fuertemente por una isotopía, que es explicitada en el verso final de remate. Tal unificación viene dada también por una musicalidad fundamentada básicamente en el ritmo acentual y el uso estratégico de encabalgamientos. Esta musicalidad --propiedad poética que me parece no es respetada lo suficiente en la poesía contemporánea que he leído-- permite distinguir los énfasis términos claves que componen la isotopía.

Si hay un dejo, en el plano de la expresión, en la estructura de lista o enumeración que me recuerda el modo de describir de algunos versos de canciones de Sabinas. Repito, esto en algunos aspectos del plano de la expresión, no del contenido.

Aquí el poema al cual se refiere el autor del comentario anterior. 


Prohibido dudar

 

Debe creer a pie juntillas.

El comercio repunta:

a pique la tienda del vecindario

inaugurados los almacenes

las tiendas de cadena

los centros comerciales.

La educación presupuestada:

los estudiantes marchan

los profesores paran    

la ortografía y la ciencia

en sus pancartas.

La salud reinyectada:

los enfermos

de las ambulancias

a los coches funerarios

las filas extensas

frente a clínicas y hospitales.

La seguridad en auge:

los campesinos temen al día

a la noche  

a la madrugada

los psicólogos no dan abasto

el valprosín y el litio

agotados en las farmacias.

El tráfico mejora:

insultos entre pasajeros

peleas entre choferes

el caos vehicular

sorteado por mototaxis.

La contaminación baja:

la polución y la basura

partes del decorado

el marrón del cielo

efectos especiales.

La naturaleza preservada:

la estética de la caza

el tráfico de la fauna   

el colapso de la mina

la tala de los bosques

integrados al paisaje.  

La gente más tolerante:

los policías pandilleros

las pandillas policiales

los violadores linchados

las motos de atracadores  

convertidas en fogatas.

La publicidad y la política

más humanizadas:

los eufemismos alivian

las noticias ocultan

el televidente tranquilo

con la economía

y las estadísticas maquilladas.

Los intereses de la clientela

protegidos por la banca:

el rendimiento de cuentas

la pulcritud de los extractos.

La receta del entretenimiento:

actores, modelos

presentadores

deportistas y cantantes

su intimidad

notas de farándula.

Más allá de los medios, la vida sobra.

Si se arriesga, verá cómo arreglárselas.  


sábado, 6 de junio de 2020

Nuestra anhelada “normalidad”



En Fundación de Isaac Asimov, Hary Seldon afirma que para cambiar la tendencia psicohistórica del mundo es preciso una gran inercia que detenga la tendencia en que se está viviendo. En este momento, en este mundo que al parecer no es el de la ciencia ficción, la pandemia del covid-19 podría representar esa inercia. A causa de dicha enfermedad se han paralizado muchos de los aspectos y dinámicas de la vida tal como la conocemos, es decir, tal como ha sido direccionada por las élites del mundo capitalista y de consumo. Para alguien que tenga un mínimo de raciocinio y pensamiento crítico, no es ajeno que en las últimas décadas (cuatro o cinco) hemos estado a merced de la voluntad de los gremios y las corporaciones que respaldan las plutocracias que nos gobiernan. Gracias a la publicidad y a los medios masivos de comunicación, los tentáculos principales de este poder tras bambalinas, nos ha sido inoculado el mayor nivel de estupidez y alienación del que tal vez haya sido víctima la humanidad a lo largo de su historia. Ni siquiera el pretexto de la religión fue tan eficaz durante la Edad Media como sí lo han sido la sirena del consumo y los medios para hacernos creer que hoy día no se puede vivir de una manera diferente a como las leyes del mercado lo dictan. Nos encontramos en un mundo configurado para la ostentación por parte de unos cuantos y para el constante anhelar de los muchos que viven en la incertidumbre generada por la amenaza latente de la pobreza y la miseria. Mientras las pantallas normalizan la idea de que nuestros ídolos de barro tienen todos los derechos del mundo, pues ellos “se la han luchado duro” nosotros, la masa, debemos contentarnos con mirarlos, aplaudirlos y servir como esclavos para que sus privilegios y sus mezquinos deseos se sigan cumpliendo. A cambio, debemos recibir, con mucho regocijo o con mucha resignación (dependiendo de la vía y el nivel de alienación), las migajas que se nos suministran cuando acudimos a los simulacros de la virtualidad, a nuestros gloriosos vitrineos por los centros comerciales, o cuando eufóricos, asistimos a los rituales de la gran religión del espectáculo.
Al inicio de la alarma pandémica, cuando el coronavirus ya había viajado por el mundo y cuando, gracias a la “imposibilidad” de cerrar las fronteras y los aeropuertos, este ya se había instalado en las principales ciudades de cada continente, los más optimistas, entre ellos yo, pensábamos que las sacudidas generadas por la enfermedad a nivel económico, político y de salubridad serían suficientes para propiciar un cambio de mentalidad en la gente. Pasado unos meses me aventuro a decir que el asunto no es como nos lo habíamos imaginado. Parece ser que la amenaza del contagio masivo no resulta suficiente para que la gran mayoría de los seres humanos asuma que es preciso cambiar de estilo de vida y así poder pensar en la conservación de nuestra especie sobre la faz del planeta. A veces pienso, que a mucha gente la ha excitado la idea de sentirse en una situación extrema; como si una descarga de adrenalina se hubiera disparado a nivel colectivo y nadie experimentara el más mínimo miedo de sentirse expuesto. Al inicio de la aparición del covid-19, gran parte de la gente, a pesar de las dificultades económicas y sociales que se sabía había que enfrentar, se notaba dispuesta a acatar las indicaciones dadas por algunos gobiernos para evitar al máximo la propagación del contagio. Eso auguraba la posibilidad de que la curva pandémica se aplanara y el asunto no nos tocara tan fuerte. Pero han pasado los días y con ello una especie de euforia suicida se ha apoderado de la gente. Una euforia que se traduce en el desborde de millares de personas en muchas partes del mundo deseando volver a las costumbres de siempre, a la “normalidad” tan nombrada a cada rato por comunicadores y gobernantes. La gente insiste en salir a la calle incum-pliendo las directrices dadas para la cuarentena sin siquiera importarle las multas que se acumulan como deudas que nunca serán pagadas; sin siquiera haber pensado una excusa creíble para esgrimir en el momento de ser  abordados por los periodistas o las autoridades; en grupo, salen a mercar para terminar armando las trifulcas de siempre; de manera furtiva asisten a marchas y cacerolazos convocados para protestar por diversos e insólitos motivos, a funerales masivos, a paseos, a fiestas clandestinas en casas, fincas o barcos que son alquilados o prestados para ello. Los empresarios por un lado presionan para que sean reactivados los diversos campos de la economía que van desde los considerados esenciales hasta los espectáculos musicales y deportivos. Por el otro; trabajadores, hinchas y fans los apoyan ansiosos de que se reactive su “circo”. Tanto a gente del común como a personajes de la farándula como a gobernantes se les ha visto y grabado en diversas situaciones, infringiendo las reglas que ellos mismos habían propuesto. Ante esta actitud que día con día es más reiterativa y desafiante con la vida misma, cabe preguntarse por las causas de fondo de tal comportamiento. ¿Cómo nos explicamos esto? ¿Por qué oculta razón la gente se muestra tan reacia a comprender que la circunstancia esencial es hacer todo lo posible para mantenernos a salvo, para darnos la posibilidad de seguir viviendo y poder disfrutar de la vida más adelante, con un poco más de seguridad y con más tiempo? ¿Acaso han sido tan efectivos los mecanismos y procesos ejecutados por el capitalismo y la sociedad de consumo que nuestra alienación nos ha convertido en seres tan insensatos empecinados únicamente en vivir el momento?
Como pasa con toda pregunta, para estas tampoco existen respuestas definitivas. Por ello, me aventuraré como ser humano, con todos mis sesgos y limitaciones, a intentar mis muy personales respuestas. Algunas teorías conspirativas hablan de una posible vacuna que desembocaría en la instalación de un chip en cada individuo de la población mundial con el fin de vigilar y controlar a cada sujeto. A pesar de los altos niveles de paranoia que en ocasiones manejo, esta idea me resulta hilarante. Creer esto es pensar que no estamos vigilados, que no somos un rebaño cuya autonomía ha sido anulada y cuyo pensamiento es direccionado para que respondamos a los estímulos de la sociedad de consumo en la que estamos inmersos. Habría que leer bien a Foucault para comprender cómo desde mucho antes de la mitad del siglo XX se había configurado una sociedad disciplinada basada en la vigilancia y el castigo. Las corporaciones no necesitan hacer algo que ya está hecho. Y evidencia de ello es la manera en que hemos respondido a la situación inédita en que nos encontramos, situación que amerita autocontrol por parte de cada uno de nosotros para no desembocar en los traumas psicológicos que al pasar de una supuesta libertad a una situación de encierro se generan. Desde esta perspectiva es preciso pensar en la manera en que para que no nos subordinemos y cumplamos a la vez el papel de consumidores al que se nos ha destinado (sostengo que la insubordinación de la sociedad civil en estos días es mera apariencia), las corporaciones han hecho un trabajo de convencimiento excelente por medio de las herramientas que muy cuidadosamente han diseñado gracias a la técnica, a la tecnología y a la ciencia. Somos el producto de un experimento socioeconómico y psicológico en el que se nos ha programado para obedecer creyendo muchas veces que desobedecemos o simplemente para seguir las reglas dictadas por el sistema sin que nos demos cuenta. Y lo peor es que tal obediencia ciega es la que en este momento nos está empujando hacia el precipicio al que tal vez los dueños del mundo, a los que nada importamos, nos están mandando sin que opongamos la más mínima resistencia. Nos programaron para el consumo, para el espectáculo, para trabajar de manera mecánica convencidos de una idea de productividad que solo es rentable para los dueños de las empresas. Esa programación, a mi modo de ver es la que explica en gran parte lo que en este punto de la pandemia está ocurriendo. El mundo productivista se mueve sobre la máxima “la economía no se puede parar”. Y somos nosotros quienes alimentamos la incesante máquina de ese mundo imparable; somos nosotros quienes cumplimos el doble papel de trabajadores y consumidores; los engranajes inicial y final del productivismo de la sociedad mercantilizada, y como todo engranaje, reemplazable cuando deje de funcionar. No son los dueños de las empresas los que quieren salir a la calle. Ellos se quedarán tranquilos en sus penthouse, en sus chalets, en sus casas de campo, mientras sus trabajadores y administradores (los engranajes) regresamos a la calle para desafiar de manera voluntaria la enfermedad y engordar las utilidades de sus cuentas.  
Este mundo pandémico está profundamente sometido desde hace décadas por las ideas productivista y consumista. Los medios de comunicación y la publicidad han adiestrado a cabalidad este rebaño. Hemos sido amaestrados tan efectivamente que, en este momento, hordas de hombres, mujeres y niños desean de manera ferviente la suspensión o la flexibilización de las medidas de confinamiento para volver a la “normalidad” del consumo y el espectáculo como si se regresara a una gran fiesta. En algunas partes del mundo, tal deseo de la población ya se está convirtiendo en exigencia y muchos dirigentes, que seguro se lavarán las manos ante la historia, usarán este deseo y estas presiones del pueblo para pagarle a los dueños de las corporaciones el favor de haberlos puesto en sus escaños políticos. Visto así, los medios jugarán su papel con mayor facilidad, mostrando cómo los ciudadanos del mundo, los engranajes desechables del sistema, están pidiendo por ellos mismos ser enviados al matadero. Todo está funcionando al dedillo para quienes, aunque tal vez no lo planearon, buscarán sacarle provecho a esta situación por ser los dueños no solo los poderes económico y político sino también de la voluntad de la gente. El nivel de enajenación al que nos sometieron usando los mecanismos del consumo promovidos por el neoliberalismo es tal vez la razón más fuerte de nuestra muy cercana perdición. Es tal el grado de obnubilación de nuestra sociedad que, a pesar de que de forma demagógica algunos líderes anuncian la necesidad de empezar a vivir de otra manera, la gran mayoría no entiende eso y reclama una vuelta rápida a la tan anhelada “normalidad”. Los medios, la publicidad y sus agentes están jugando su papel, impidiendo la caída del discurso de las compras, de la farándula y el espectáculo deportivo. No se juega futbol, pero hay transmisión de partidos ya jugados, no hay conciertos en los escenarios, pero los cantantes y sus managers no dejan de anunciar videoclips y canciones de estreno, los anuncios impiden pensar a la gente, evitando que las personas hagan ejercicios de introspección para buscarse a sí mismos, o al menos piensen en visitar el campo para reconectarse con la naturaleza. Juegan su papel de siempre, manteniendo viva la ansiedad del consumo y los viciados deseos que al capitalismo le sirven. Con un buen discurso demagógico, hablan de un cambio de vida para superar la pandemia, pero azotan el subconsciente del ser humano con la publicidad de productos en rebaja y las diversas formas de adquirirlos para mantener vivo el comercio. Frente a este poderoso artilugio con el que nos han disparado desde hace años, no existe una posibilidad de reacción eficaz y rápida por parte del individuo alelado y sin capacidad crítica. Estamos a merced de lo que los dueños de este monstruoso mecanismo quieran hacer con nosotros, y lo que a ellos solo les interesa (de eso podemos estar seguros) es que sigamos siendo las piezas sacrificables de este sistema.     
Me pregunto ¿Dónde parará todo esto? Creo; en la verdadera gran inercia, según lo planteado por Hary Seldon, pero ya no para un mundo de ciencia ficción sino para este en que vivimos y que parece, aunque de pesadilla, ser el real. No me interesa posar de profeta nihilista ni de futurólogo apocalíptico; pero lo que analizo a partir de la actitud de la gente en este contexto de pandemia no me deja pensar sino en la hecatombe que muchos conspirólogos auguran cuando afirman que este virus ha sido creado para acabar con más de la mitad de la población mundial. Al parecer, la amenaza no basta para que una masa alienada realice la catarsis que genere el cambio como solía ocurrir con los espectadores de la antigua tragedia griega. El nivel de sadomasoquismo al que hemos sido llevados en la actualidad es tal, que, al parecer, necesitaremos experimentar el sacrificio en carne propia (ver sangre) para podernos concienciar. En realidad, muy en contra de lo que dicen los gobiernos y sus dueños, quienes han acallado las voces de algunos científicos que han querido actuar con honestidad, pienso que todavía el mundo no está preparado para retomar sus dinámicas de por si lesivas, pues el virus, con el que ya nos advirtieron que tendríamos que convivir, está latente, vivito y coronando. Un porcentaje muy mínimo de la gente en el mundo es disciplinado y sabe seguir reglas de manera puntual y sostenida. Entre ellos estará gran parte de quienes se salven. El resto, millonadas, es propenso a eso que ahora llaman indisciplina social, cuyas causas principales radican tanto en la falta de formación como en la carencia de recursos económicos llamada coloquialmente necesidad. Dos factores que tienen severas consecuencias en la conducta de la gente que ante lo que le parece absurdo, reacciona con la violencia más primaria que el ser humano pueda expresar y que se traduce, casi siempre, en el desconocimiento de cualquier autoridad. Esta indisciplina social, innegablemente, contribuirá para que se dé esa gran fatalidad que, de manera paradójica, podría conducirnos desde el más profundo fondo de la crisis por ella ocasionada, hasta la toma de consciencia necesaria para que quienes sobrevivan se propongan asumir la existencia de otra manera, buscando, quizá, como estirpe condenada, tener sobre la faz de la Tierra una segunda oportunidad.    

Jesús David Buelvas Pedroza