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martes, 17 de noviembre de 2020

Comentario crítico de Rafael Chico sobre el poema "Prohibido dudar"

Este es el análisis que el lingüista y semiólogo cartagenero Rafael Chico redactó acerca del poema "Prohibido dudar" de la autoría del escritor Jesús David Buelvas Pedroza.  

Vas por buen camino Jesús. Construyes un interesante poema cuya unificación se encuentra a cargo de la enunciación de un sujeto lírico, cuyo punto de vista crea una limpia y eficiente función semiótica o articulación entre el plano de la expresión (forma o composición) y el del contenido (sentido). Gracias a ello, el punto de vista del sujeto lírico nos explica el mundo contemporáneo con una visión casi omnisciente y comprensiva --en el sentido filosófico de abarcadora-- que hace mímesis muy precisa de los modos de describir mediatizados del mundo contemporáneo o filtrado por la enunciación caótica de los medios actuales de comunicación; sobre todo periodísticos. Este sujeto lírico sabe también desembragar o distanciarse de la óptica mediatizada para evaluar o juzgar críticamente con una mira intensa y preocupada al tiempo que capta y comprende racionalmente el espectáculo caótico del mundo puesto en discurso mediatizado para confrontarlo con una realidad que siempre está fuera de los bordes de una enunciación intencionalmente fraccionada, cercenada en nombre de las luchas de campo por el raiting. Todo esto se logra gracias a un plano de la expresión poética que doma lo caótico en una estructura sólida que convierte en imágenes poéticas claras como cristales de sentido altamente comunicativos que se yuxtaponen una a la otra en una cadena enumerativa a modo de lista unificada fuertemente por una isotopía, que es explicitada en el verso final de remate. Tal unificación viene dada también por una musicalidad fundamentada básicamente en el ritmo acentual y el uso estratégico de encabalgamientos. Esta musicalidad --propiedad poética que me parece no es respetada lo suficiente en la poesía contemporánea que he leído-- permite distinguir los énfasis términos claves que componen la isotopía.

Si hay un dejo, en el plano de la expresión, en la estructura de lista o enumeración que me recuerda el modo de describir de algunos versos de canciones de Sabinas. Repito, esto en algunos aspectos del plano de la expresión, no del contenido.

Aquí el poema al cual se refiere el autor del comentario anterior. 


Prohibido dudar

 

Debe creer a pie juntillas.

El comercio repunta:

a pique la tienda del vecindario

inaugurados los almacenes

las tiendas de cadena

los centros comerciales.

La educación presupuestada:

los estudiantes marchan

los profesores paran    

la ortografía y la ciencia

en sus pancartas.

La salud reinyectada:

los enfermos

de las ambulancias

a los coches funerarios

las filas extensas

frente a clínicas y hospitales.

La seguridad en auge:

los campesinos temen al día

a la noche  

a la madrugada

los psicólogos no dan abasto

el valprosín y el litio

agotados en las farmacias.

El tráfico mejora:

insultos entre pasajeros

peleas entre choferes

el caos vehicular

sorteado por mototaxis.

La contaminación baja:

la polución y la basura

partes del decorado

el marrón del cielo

efectos especiales.

La naturaleza preservada:

la estética de la caza

el tráfico de la fauna   

el colapso de la mina

la tala de los bosques

integrados al paisaje.  

La gente más tolerante:

los policías pandilleros

las pandillas policiales

los violadores linchados

las motos de atracadores  

convertidas en fogatas.

La publicidad y la política

más humanizadas:

los eufemismos alivian

las noticias ocultan

el televidente tranquilo

con la economía

y las estadísticas maquilladas.

Los intereses de la clientela

protegidos por la banca:

el rendimiento de cuentas

la pulcritud de los extractos.

La receta del entretenimiento:

actores, modelos

presentadores

deportistas y cantantes

su intimidad

notas de farándula.

Más allá de los medios, la vida sobra.

Si se arriesga, verá cómo arreglárselas.  


sábado, 6 de enero de 2018

La metaforización de lo transitorio


En una de las líneas con las que se teje el entramado poético de “Metáfora de la ausencia”, el poeta anuncia “Yo vivo de saber que nos asiste lo fugaz”. Este enunciado, casi de nivel aforemático, sumado a otros tópicos y constantes de este maduro poemario, me hace pensar nuevamente en la gemelidad existente entre poesía y filosofía. Son varios los estudios y líneas dedicadas a este parentesco, aunque poetas y filósofos se resistan a aceptarlo, negándose a reconocer que sus preocupaciones estéticas y reflexivas tienen un numen común. A pesar de estos intencionales distanciamientos, conceptuales por un lado, e imaginativos por otro, las dos hermanas se buscan y se terminan encontrando bajo la parentela unívoca del lenguaje que les sirve para tomar cuerpo; tal como ocurre en el decurso poético del séptimo libro de Ricardo Vergara.
En el capítulo inicial de “Del sentimiento trágico de la vida”, Unamuno hace una acotación en la que recalca la gemelidad entre poeta y filósofo, apuntando a la casi mismidad de estos dos oficios. Esta acotación del intelectual español y los elementos encontrados en la lectura detenida de “Metáfora de la ausencia” me sirven de soporte para las ideas que expondré a continuación y que se desarrollan en torno a mi convicción de que en este poemario se prefigura una poética metafísica (tal vez la metáfora sea otra forma de la metafísica o viceversa) en el orden de lo heraclitiano. Es probable que el poemario vaya más allá, pues la poesía en su plurisignificatividad siempre rebasa los límites de cualquier interpretación. Pero desde mi cosmovisión como lector limitado por los enfoques desde los que intelectualmente me muevo, disfruto hallar en este libro resonancias profundas y conmovedoras que conversan con los enunciados y reflexiones con los que el Oscuro se hizo digno de ser recordado.
Uno de los tópicos más conocidos del pensamiento heraclitiano es el que atañe al devenir; la concepción de que todo lo existente está en constante movimiento. Esta idea de las aguas trashumantes es palpable a lo largo del río de palabras que le sirven a Vergara para sumergirnos en imágenes alusivas a la ausencia que se convierte en el eje central de su libro. En la corriente verbal del poemario aparecen de manera recurrente imágenes y alusiones que nos recalcan las improntas ineludibles del tiempo, y frente a este, el peso existencial de sabernos efímeros a pesar de nuestra constante pero frustrada aspiración a lo eterno. El ritmo de este poemario se consigue gracias a la idea fija de que nuestra transitoriedad es parte inherente de nuestra conciencia y que por ello vivimos en la dicotomía de una aspiración irrealizable. Dicho ritmo es una melodía que resuena en el estático revoloteo del colibrí, en el silencioso aleteo de la mariposa, en la existencia pasajera de la flor, en el meloso zumbido de la abeja o en la fantasmal aparición de la muchacha que en el poema “Presencia y fuga” nos incita a brindar por ella.
La fuerza poética con la que en “Metáfora de la ausencia” se toca el tópico de lo pasajero; de todo lo que cambia y se diluye en y con el tiempo, lleva al lector de este libro a indagar en relación con otro de los elementos centrales de la dialéctica heraclitiana; la presencia dinamizadora del fuego. En Heráclito el fuego es una metáfora necesaria para aludir a la fuerza que impulsa el movimiento. Y si leemos bien, en el poemario en cuestión nos encontramos versos como indicamos el fuego cuando anunciamos la flor (en “El sueño de otra continuidad”, página 12), y el hollar en lo impreciso de un ardor que dura el tiempo de la vida (en “Destino”, página 14) o no es más el ardor de lo que transcurre (En “Razones y existencias”, página 28), líneas suficientes para confirmar que la conciencia heraclitiana del fuego también nos habla a través de la voz poética empleada por Vergara para la enunciación de sus poemas. El fuego de Heráclito, concebido como energía impulsadora del cambio, se manifiesta en “Metáfora de la ausencia” por medio de marcas textuales que evocan tanto lo que es como lo que provoca. Para evidenciar esto, bastaría revisar poemas como “El sembrador de luces”, “Nosotros” o “A una mujer de veinte años” en los que el fuego se manifiesta como presencia que ilumina, que resplandece, que quema al enfrentarse e intentar desvanecer las sombras.
Esta segunda forma en la que el fuego aparece en el poemario de Vergara, invita a pensar en el tercer tópico de la filosofía de Heráclito. Devenir y fuego no pueden concebirse, en este contexto,  desvinculados de esa otra idea con la que nuestro presocrático dinamiza su ontología al afirmar que “el combate es de todas las cosas el padre y de todas el rey”. Es bien sabido que esta lucha anunciada por el Oscuro da pie para pensar por primera vez en la dialéctica como tal. Ese enfrentamiento constante a partir del cual la realidad y nosotros con ella, nos hemos configurado tanto en la alteridad como en la unicidad, también aparece en este libro del poeta sucreño.
Tal lucha de contrarios empieza a prefigurarse desde la actitud misma del poeta. Este  pretende perennizar con la palabra lo que ya está destinado a desvanecerse y convertirse en ausencia. Es el poeta mismo –al igual que el filósofo– quien pretende cumplir el papel de eternizador de la realidad acudiendo para ello a lo más concreto y abstracto que existe; el lenguaje. Gracias a este elemento de naturaleza tan ambigua (la lucha ya está en él), el poeta logra configurar poemas como “Lo más alto”, “Inocente” o “Contemporaneidad”. Son estos tres poemas, entre otros, los que más evidencian la preocupación de la voz poética por la búsqueda del equilibrio que toda confrontación de contrarios implica. El arriba o el abajo, el vuelo o la caída, lo complejo o lo sencillo, la civilización o la naturaleza son algunas de las confrontaciones que podemos apreciar en este libro en el que como ya he dicho se apunta a la configuración poética de una metafísica, usando como recurso el lenguaje, que es en sí, y a la vez, la más amplia y elusiva de las metáforas.
Es probable que otros lectores encuentren en “Metáfora de la ausencia” otros aspectos en el orden de la conmoción poética y estética, pero yo me siento satisfecho con esta lectura que el libro de Vergara me permite. Pienso que cuando un poeta revive, a través de su poesía, las voces de los antiguos, nos confirma que la escritura desde cualquier ámbito, es una sola gran conversación. En esta plática totalizante quienes, con paciencia y trabajo, hilan delgado, siempre hacen un aporte importante en el plano de la revelación que nos invita a seguir conversando. En este diálogo de todos los tiempos, el poemario del que hablo hace su aporte, tal vez reafirmando lo que Aristóteles dijo en alguna de las líneas de su “Poética” cuando empoderó la metáfora como camino para llegar al conocimiento. Eso veo en este libro que ha llegado a mis manos y que he leído con gusto, no sin los resquemores del lector crítico que siempre tengo pegado al pie de mi oreja. Pero a dicho crítico le he comentado que ya conversaré con el poeta sobre los versos e imágenes que yo repensaría; que por ahora me permita escribir sobre el placer estético que me produjo encontrar rediviva la voz heraclitiana en estos versos.  
Siempre he pensado que ningún libro queda terminado del todo, y que la publicación es una forma de deshacernos de ese tormento generado por la sana manía correctora que en algún punto del camino se nos pega. A pesar de esto, hay un momento en que el libro llega al punto de querer conversar con los lectores, quienes darán luz al hecho poético (lo dijo Borges en uno de sus prólogos). Y para mí “Metáfora de la ausencia” llegó a un muy buen punto. No nos queda sino leer este poemario y seguir conversando por medio de él con el autor y con las diversas interpretaciones que desde sus versos nos convoquen. 
                                                                                                     Jesús David Buelvas Pedroza 






sábado, 20 de mayo de 2017

Solo… un muñeco



Sólo un muñeco sobre el techo de la casa vecina.
Lo veo desde la ventana del segundo piso.
Me pregunto en qué tarde de juegos habrá llegado hasta allí.
Parece contarme acerca de las manos
de los mimos y apretones que extraña
de los días en que reposó sobre una almohada
mientras penetraba los sueños de una cabeza infantil.
En ocasiones he querido rescatarlo
devolverle un poco de esa vida que dio
a quienes lo usaron para crecer.
Seres humanos muy parecidos a mí
cuando me alejo sin llevar a cabo mi anhelo.
Un adulto apto para ignorar los arranques
del niño que se asoma a la ventana
quien con su voz de matices que ya no distingo
me recalca que siempre dejamos las cosas que fuimos
(las cosas que tejieron la alegría de nuestra existencia)
para dedicarnos, irremediablemente, a ser nosotros mismos.

Jesús David Buelvas Pedroza